El color magenta

Edición nº 16 Julio/Septiembre de 2011


El color magenta

El color magenta

por Paco López Mengual

Desde aquella noche en Marrakech, sé que las historias están teñidas de color magenta, ese tono que se logra al enredar en nuestro interior el azul de los sueños con el rojo de la fascinación. Y ese matiz magenta, envuelto en una sutil nube, es la tonalidad que brota a mi memoria, cada vez que recuerdo mi visita a la plaza Jammaa El Fna, situada junto al zoco de la ciudad que se extiende a los pies del Atlas.
Aquella primera visión de la inmensa explanada fue como una bestial bofetada a mis sentidos. Sólo con contemplarla inmóvil, desde una esquina, mis ojos se inundaron del halo luminoso que envolvía a la muchedumbre; mis oídos, del barullo ensordecedor que despedía el gentío; resultaba difícil no dejarse embriagar por la confusión de aromas que despedían los gigantescos puestos de especias; y mi boca se deshacía con sólo imaginar el sabor dulzón de los zumos que cientos de quioscos ofrecían al paseante. Mi tacto no se conmovió hasta una hora después, cuando acaricié la suave piel de una serpiente que me colocaron sobre el cuello. Supongo que sería el gas que exhalaban los faroles de iluminación o el humo de las cocinas donde se asaba el cordero el que dotaba a la plaza de ese efecto fantasmagórico, que prevenía al visitante de que se encontraba a las puertas de un mundo irreal.
Me adentré entre la muchedumbre que colmaba aquel lugar, saboreando despacio cada rincón, cada detalle de los que ofrecía al viajero. Deambulé sin prisa entre tatuadotas de henna, músicos que interpretaban canciones con estrambóticos instrumentos o corros de amigos que conversaban y bebían té echados sobre el pavimento. Me detuve ante puestos que ofrecían montañas de caracoles hervidos, sacos colmados de coloristas especias o manojos de plantas medicinales. Vi chamanes, curanderos, encantadores de serpientes, dentistas callejeros, adiestradores de monos y aguadores.
Pero fue en una de las esquinas de la plaza donde contemplé una escena que, aunque menos exótica que las anteriores, me conmovió como ninguna otra. Allí, en un apartado mas tranquilo, una veintena de hombres, diseminados por el suelo, escuchaban absortos –yo diría hipnotizados-, a un anciano que les estaba narrando una historia. El cuentista cubría su cabeza con un turbante y se sentaba con las piernas cruzadas sobre una vieja alfombra. A pesar de que era en berebere el dialecto en el que contaba el relato, y que yo no entendía una sola palabra, supe que se trataba de una maravillosa historia sólo con observar la suma atención de quienes escuchaban y la fascinación que ilustraban sus rostros. Fue aquello lo que me empujó a buscar un sitio en el suelo y sentarme como uno más entre el público oyente. Durante unos largos minutos, aún pude disfrutar de la musicalidad de las palabras del anciano, del énfasis de su voz; contemplar los gestos de sus manos al acompañar el relato o la viveza expresiva de sus ojos. Era un momento mágico y miré al cielo y vi como la noche se teñía de destellos de color magenta. Nunca sabré si el protagonista de la historia que contaba el señor del turbante era un sultán o un pícaro del zoco; si se trataba de un relato de amores, de muertes o de tesoros; si tuvo un final feliz o, tal vez, concluyó con una moraleja. Nunca lo sabré, pero sí sé que permanecí allí embelesado hasta que concluyó la narración; y que al final me acerqué a depositar sobre un mugroso bote, que había dispuesto ante el narrador, unos cuantos dihams.
Y fue en ese lugar, como decía en el primer párrafo, mientras permanecía sentado en la plaza de Jammaa El Fna, donde fui consciente de que había tenido que viajar hasta Marrakech para descubrí dónde estaba la raíz de mi pasión por las historias; por leerlas, escucharlas, escribirlas, contemplarlas. Porque aquella noche de color magenta, sentado junto a una veintena de hombres que escuchaban absortos un relato, regresé a los veranos de mi infancia.
Recordé como cada día, al caer la tarde, los vecinos sacábamos nuestras sillas a las calles, y las puertas se llenaban de corros de gentes ansiosas por escuchar y contar historias. Allí escuché fabulosos relatos que, varias décadas después, inspiraron algunos de mis libros. Leyendas que desde entonces permanecían dando vueltas y creciendo en mi interior, hasta abrirse paso y lograr convertirse en novelas en la edad adulta. Historias de hombres que eran cegados por los celos hasta cometer un crimen, de pasadizos secretos que horadaban nuestro pueblo y escondían tesoros aún por descubrir, de santos milagrosos, de ingeniosos métodos para engañar al hambre en las épocas de escasez. Con los ojos abiertos de par en par, me empapé de épicas acciones en la guerra de Marruecos y en la del 36; o me enteré fascinado de la trágica aventura de un joven del pueblo que se echó al monte y se hizo bandolero y que murió traicionado por sus propios compinches.
Cada noche, desperdigados por los portales, sentados sobre las rodillas de nuestras madres, acomodados sobre los adoquines de las aceras, revivíamos las riadas y las epidemias que azotaron nuestra miseria años atrás y que quedaron marcados en la memoria colectiva de nuestro pueblo. Luego, ya en la cama y antes de que me venciera el sueño, cerraba los ojos e intentaba retener para siempre en mi memoria los relatos que había escuchado; palabra por palabra, imagen por imagen, para poder contarlos algún día.
Estoy convencido de que fueron aquellas calurosas noches de estío las que, años más tarde, me llevaron a buscar nuevos héroes y nuevas aventuras en los tebeos, en las novelas, en las pantallas de cine. Como hacía el hábil narrador de la Plaza de Jammaa El Fna, mis mayores, con su arte para narrar historias, me fueron transmitiendo el amor por la literatura. Lo que no recuerdo es si, en aquellas lejanas noches, el cielo de mi calle también lanzaba destellos de color magenta.


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