Recuerdos de Luna

Edición nº 6 Enero/Marzo de 2009



La despedida



Dad palabra al dolor; el dolor que no habla

gime en el corazón hasta que lo rompe.

(William Shakespeare)




por Ana Alejandre

No tenía nada más que mirarla a los ojos para comprender que ella también sabía que era nuestro último encuentro. Las dos comprendíamos, en silencio y sin querer demostrar nada más que con la humedad que parecía empañar las miradas, que aquel día iba a ser el de la despedida definitiva. La noche anterior había estado poblada de pesadillas espantosas que me hicieron despertar con la sensación angustiosa de que el amanecer temido llegaba ya tímidamente, despuntando al filo del alba y trayendo consigo la amenaza cumplida de aquella separación definitiva.

Ella sé que tampoco durmió aunque, por su quietud y silencio, parecía querer aparentar un sueño plácido que era sólo una muestra generosa de su deseo de no querer molestar mi descanso que era tan ficticio como el suyo. Las dos intentábamos no molestarnos mutuamente; y yo, con mi ausencia de su lado para no transmitirle mi angustia y dejarla descansar, hacía la misma ceremonia de confusión que ella, en la que una inexistente normalidad era el subterfugio cómodo que nos resguardaba a ambas de nuestra propia desolación y de la aceptación doliente de que era nuestra última noche bajo un mismo techo.

En varias ocasiones durante la noche, me acerqué a vigilar su sueño aparente y la vi inmóvil en el lecho, respirando tranquilamente, placidez que aumentaba cuando notaba mi presencia cerca, como si quisiera decirme que no me preocupara y que todo estaba bien. Le acariciaba la cabeza como si temiera despertarla, a sabiendas de que no estaba dormida; pero el impulso de tocarla era mayor que mi deseo de no interrumpir aquel sueño fingido en el que, intuía, que pensaba, que rememoraba los muchos años de vida compartida, de confidencias y de aquella fidelidad inquebrantable y sin fisuras. Era mejor así, aparentar una normalidad inexistente en aquella madrugada de despedida y pena soterrada, como si quisiéramos conjurar lo que el amanecer traería consigo en su carga de suceso inevitable y al que las dos parecíamos obviar, aparentando ser una noche más, una noche cualquiera, sabiendo que era sólo el preludio fatal de un final inevitable y que, por eso mismo, nos llenaba de congoja.

Cuando llegó el amanecer con su luz asesina de toda esperanza, me levanté sintiendo la rabia que proporciona la impotencia ante aquella decisión que pondría punto final a nuestra unión, a nuestra convivencia, y a todo lo que habíamos significado la una para la otra. Me preparé sintiendo odio hacia el destino que jugaba con los seres, como si quisiera siempre arrebatar lo más preciado de cada uno, lo que era el depositario del caudal de afecto, de cariño y que son las raíces de las que se nutre toda vida humana.

Me habían dicho, días atrás, personas bienintencionadas, que el tiempo lo cura todo y que pronto podría aceptar el dolor y comprender que era mejor para las dos, especialmente para ella. Sí, sabía que, en parte, llevaban razón, porque el tiempo no cura, sino que acostumbra a vivir con el dolor, como el peso necesario que toda existencia conlleva y de lo que ya me había dado suficientes muestras. Pero esa aceptación de una ley vital terrible no significa que el dolor amengüe, que sea más liviano, porque esa derrota que significa toda pérdida no, por asumida, duele menos la herida que deja en el alma de quien la sufre. Y de eso sabía ya demasiado, con ese conocimiento que me daban otras pérdidas anteriormente asumidas; pero no menos desgarradoras.

Salimos juntas hacia nuestro destino cierto y desolador. Una vez en el taxi que nos llevaba hasta el destino fatal, no quería mirarla porque notaba que el llanto contenido durante los días anteriores ya era evidente en mis ojos que cubría con mis gafas de sol, en un estéril intento de no mostrar un dolor que me anegaba. En un momento dado, crucé la mirada con ella y nos miramos durante unos segundos con una fijeza en la que ya no cabían artificios ni imposturas. Note en sus ojos que se estaba despidiendo de mí con una lucidez que no admitía más demoras ni más subterfugios. Jamás olvidaré sus ojos en aquellos momentos en los que, sin palabras, me dijo tantas cosas que ahora, en la distancia del tiempo transcurrido, se me clavan en el recuerdo como tizones encendidos y el llanto, entonces contenido, fluye por mis ojos sin cortapisas.

Entramos juntas a la consulta y se hicieron cargo de ella rápidamente. Cuando se la llevaban hacia el interior para hacerle las últimas pruebas, sentí, al mirarla de nuevo, respondiendo a su mirada fija en la que ya hablaba la muerte en su mudo lenguaje de despedida y duelo, como una sacudida eléctrica que me desgarró interiormente. Salieron para decirme que la decisión no podía esperar y tuve que decir que sí, como quien acepta y firma su propia sentencia, en una lejanía que me llevaba hasta donde Luna, mi perra cocker spaniel, esperaba la inyección mortal que la libraría del sufrimiento del cáncer terminal que padecía. Entré a despedirme de ella a la que habían depositado en el suelo como un último regalo a todo condenado a muerte y para acelerar el efecto de la dosis mortal que le habían inyectado. Se acercó hasta mí y empecé a acariciarla mientras la droga asesina circulaba por sus venas llevándola hacia la muerte de la que todos, antes o después, seremos prisioneros. La perrita en un momento dado, se quedó quieta, olisqueó aquel suelo extraño como queriendo saber cuál era ese territorio desconocido en el que estaba entrando y del que ya los demás estábamos excluidos y que no era otro que el paraíso que aguarda a los seres de pureza primigenia como son todas las criaturas que nunca la perdieron. Se quedó quieta, como sentada y con la cabeza entre las patas, en un gesto de estar pensando, mientras su alma ya correteaba por las verdes praderas de un mundo en el que la pureza alcanza todo el esplendor de las almas que lo habitan.

Cuando salí de la clínica veterinaria, el mundo había perdido toda su luz porque ella se la había llevado consigo en aquel cuerpo menudo que ahora ya estaba despojado de todo mal, de todo sufrimiento, el que ahora se había instalado en mí con su ausencia irremplazable, como todas lo son para quienes aman a los que se van.

Han pasado más de dos años en los que el tiempo tiene el referente único de aquella despedida a la que acepto sólo en su evidencia de hecho irreversible; pero su ausencia sólo se agranda aún más con el tiempo, en un repetido e inacabado recordatorio que revivo cada amanecer, en los que la luz siempre me recuerda aquella inolvidable y dolorosa despedida.


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