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Crítica literaria

 

Lluviafina, Luís Landero

Serotonina Michel Hoellebecq Traducción: Jaime Zulaika, Anagrama, 2019, 288 pp.

Lluvia fina
Luís Landero
Tusquets Editores
Barcelona, 2018, 272 pp.

La última novela de Luís Landero, en la que se advierte esa zona de sombra y negritud en las relaciones familiares donde anida el germen de la tragedia.


Ana Alejandre

El propio autor define a esta novela como “un caso raro”, y hay que darle la razón porque es su obra más rara, compleja y densa en su intensidad y en su propia génesis, por ser producto de un fogonazo interior, de un golpe de intuición que le llevó a imaginarla ya escrita y con el título que lleva, antes de comenzar la propia escritura. Rara dentro de su sencillez narrativa, por ser el producto de una casualidad extraña que le impelió a escribirla, ya que, según ha declarado el propio autor, cuando comenzó su escritura estaba preparando otro proyecto narrativo y, entonces, leyó una noticia en la prensa de que en una reunión familiar, para celebrar el ochenta aniversario de la madre de los allí reunidos, terminó en tragedia, después de unos años de rencores y alejamiento mutuo entre los diversos miembros de la familia.

La esposa del hermano que convocó al resto para dicha celebración, es quien conoce bien el peligro que supone el rencuentro de todos, ya que por su carácter dulce y apacible ha sido siempre la confidente ideal de todos y conoce bien el clima de tensión y reproche que anida en ellos, intenta convencer a su marido de que no es conveniente dicha reunión porque sabe que los ánimos siguen estando igual de enconados, después de años de malentendidos, agravios y distanciamiento, lo que puede hacer que estalle entre todos la tormenta que todos los rencores mutuos han ido creando en la distancia pero no en el olvido. Esas supuestas ofensas y agravios que han ido calando en la conciencia de todos y cada uno de los hermanos como una lluvia fina que va empapando el paisaje anímico de los protagonistas, para ir formando un oculto caudal que termina por desbordarse en un momento en el que todos los presentes rompen los muros de la contención que el distanciamiento ha propiciado.

El armazón narrativo se basa en un núcleo o centro fuerte y duro, y en un tiempo narrativo muy corto, pues en él se condensan los recuerdos de toda una vida de la familia en la que los agravios mutuos fue engrosando el haber del rencor y la insidia, hasta el dramático desenlace que provoca el encuentro entre los hermanos. En cierta forma se puede considerar una novela coral, ya que la narración la van creando cada uno de ellos que cuenta la historia común y la suya propia que tejen la trama de las pequeñas o grandes ofensas recibidas en el pasado y las interpreta desde su punto de vista personal lo que le confiere a la obra la doble subjetividad de las opiniones encontradas de los sucesos vividos y su verdadero significado que cada uno cree conocer en su verdadera intencionalidad.

Hay una contraposición entre la atmósfera luminosa que existía en su célebre novela Un balcón en invierno y la que recrea en esta última novela en la que se advierte esa zona de sombra y negritud en las relaciones familiares donde anida el germen de la tragedia.

Además de intentar reflexionar sobre el mundo familiar y sus claroscuros, Lluvia fina también es una reflexión de su autor sobre las diferentes etapas de la vida y su significado para el ser humano. Manifiesta la incapacidad del ser humano de ser feliz fuera del mágico territorio de la infancia, como si la adultez matara en cada persona su capacidad devolver a ser feliz, posibilidad esta que parece agotarse en la niñez. El ser humano adulto, empieza a ser un cajón de sastre en el que caben los recuerdos muchas veces ampliados o empequeñecidos de lo que en realidad vivimos; los rencores por causas nimias que se van acumulando, sobre todo en relación con los seres más íntimos como es el caso de los miembros de la propia familia; de ilusiones rotas, de sueños por cumplir y de fracasos que duelen por la amargura que siempre deja toda derrota. Y enese bagaje de dolor, de sentido de pérdida y de evidente desolación, es cuando cada ser humano empieza a falsear su pasado, sus recuerdos, sus sentimientos y su conciencia de lo que en realidad es. Olvida que es una criatura mortal y que lo que le sucede en esta vida no tiene demasiada importancia, porque todo pasa y el tiempo lo consume toda: vida y esperanzas, pesadumbres y alegrías, sueños y fracasos. Y de forma inconsciente esta seguridad hace nacer la violencia que todo ser humano lleva dentro, disimulada en algunos seres bajo el manto de la cultura, la civilización, la educación y, en otros casos está más en la superficie, a punto de explotar, de dejar salir a los bajos instintos, la irracionalidad, la brutalidad sofocada durante años, como es el caso de los hermanos en esta novela que terminan dando cancha a sus rencores ocultos, a su sed de venganza aplazada, en una fiesta con final trágico.

Todo esto confluye en la nueva novela de Landero, que cala en el ánimo del lector como esa lluvia fina que parece querer ser inadvertida, pero que termina anegando los campos y ciudades, los seres que los habitan y sus problemáticas relaciones llena de conflictos, malos entendidos, incomprensiones y esa corta capacidad de perdonar y comprender que es consustancial a la propia naturaleza humana. Los habitantes que puebla esta obra demuestran que no hay ninguna lluvia fina que sea inofensiva, porque todas dejan de tras de sí el reguero de su paso en la memoria de la gente como lo hace la buena literatura de la que es una muestra esta novela.

 

Serotonina, Michel Houellebecq

Serotonina Michel Houellebecq Traducción: Jaime Zulaika, Anagrama, 2019, 288 pp.

Serotonina
Michel Houellebecq
Traducción: Jaime Zulaika,
Anagrama, 2019, 288 pp.

Laúltima novela de este autor corrosivo, iirreverente, heterodoxo y crítico feroz de la sociedad actural y sus miserias.

Ana Alejandre

Leer a Houellebeck es siempre una promesa de que el lector recibirá un impacto emocional, estimulante o inquietante, gratificante o revulsivo, pero nunca quedará indiferente a lo que el autor narra y, sobre todo, a cómo lo hace. Y siempre valiéndose de sus protagonistas que exponen como si fueran su alter ego su visión pesimista de la sociedad actual en la vieja Europa, continente en el que vive y al que mejor conoce.

Todos sus personajes tienen en común algo en sus propias idiosincrasias depresivas, inadaptadas a la sociedad en la que habitan, neurasténicas y desencantadas por la situación política, económica y social de Europa que influye en las vidas de sus casi 750 millones de habitantes. Ya no es el continente que era la cuna de la cultura occidental y prometía un futuro de igual esplendor, prosperidad y paz. Ahora se ha convertido en un territorio común de países unidos más por sus intereses económicos que por sus raíces culturales, históricas e ideológicas, y se encuentra en plena decadencia que limita las esperanzas de futuro en sus habitantes que temen que el porvenir va a ser peor que el presente y esa convicción mata todas las esperanzas y de ella surge la desazón y el temor.

En sus últimas obras de Houellebecq como son Sumisión, Las partículas elementales, así como en El mapa y el territorio, persiste la misma lucha de todos sus personajes por encontrar sentido a la vida, el mismo que el atroz capitalismo le niega al convertir al dinero y el poder en el becerro de oro al que todos deben rendir culto.

El protagonista de esta última novela no podía ser diferente a sus antecesores, ya que es un personaje desencantado, Florent-Calude Labrouse, que rechaza su propio nombre, y toma Captorix, un antidepresivo que le ayuda a combatir su bajo estado de ánimo, pues libera serotonina, pero tiene, como todos los medicamentos, efectos secundarios indeseables: bajada de la lívido, náuseas e impotencia.

El territorio narrativo se inicia en Almería, continúa en París y sigue en Normandía en donde encuentra a los agricultores en plena revuelta por sus derechos y forma de vida. Todo ello incide en el ánimo depresivo del personaje que ve como la UE está haciendo aguas, Francia como país miembro también está en plena crisis y su propia vida es un continuo naufragio sin tabla de salvación. El amor siempre buscado y nunca logrado que ya le parece una utopía inalcanzable, el sexo es siempre un sucedáneo del amor que termina mal, y la cultura no puede nunca por sí sola ser la salvación o amarre de una vida que se hunde en el océano profundo de la desolación. Tampoco le cabe la solución de buscar a Dios, siempre tan alejado y mudo para él, del el que nunca pudo encontrar una respuesta.

Florent-Claude encuentra unos vídeos pornográficos en los que interviene su novia japonesa. Abandona su trabajo y se traslada a un hotel. Recorre la ciudad en busca de no sabe bien qué, si el sentido de la vida que ha perdido y que solo le ofrece el absurdo de la existencia, entrando y saliendo de bares, restaurantes y tiendas, o encontrarse a sí mismo a la vuelta de cualquier esquina.. Reflexiona y maldice todo lo que le rodea. Recuerda sus relaciones amorosas que siempre devienen en la desilusión y el fracaso, cuyos finales unas veces están marcados por un tono cómico y, otras, patético. Vuelve a encontrar a un antiguo amigo aristócrata que está viviendo en la misma confusión desencantada porque le ha abandonado su mujer y se ha llevado a sus dos hijas. El amigo deprimido le enseña a usar un fusil, como posible vía de escape de esa realidad que les pesa y aplasta con su carga de amargura y desencanto.

Como siempre, este autor sabe plasmar en su personaje y narrador en primera persona, a un ser obsesivo, neurótico, autodestructivo ,y desarraigado de una sociedad de la que ha perdido las claves, si alguna vez las tuvo, pero que analiza el mundo en el que habita y a su propia vida son un humor amargo, áspero y una rabia exasperante y demoledora que es como un grito de dolor y angustia de un ser que no encuentra motivos para seguir viviendo en este mundo oscuro en que el ser humano se siente perdido, abandonado y solo.

El protagonista de esta última novela houellebecquiana es el prototipo del antihéroe de esta sociedad milenaria y decadente, confusa y desgarrada, que es la sociedad occidental europea, perdida en sus contradicciones, en sus ansias de poder económico y supremacía cultural del mundo, pero que está amarrada y sojuzgada por los intereses económicos contrapuestos y las luchas intestinas de poder y liderazgo de unos países sobre otros.

Serotonina, es la muestra fehaciente de que su autor, sigue siendo un escritor contracorriente, heterodoxo, exasperante para muchos, pero lúcido siempre, y cuya lectura no es solo recomendable sino necesaria para entender mejor esta sociedad confusa y alienante en la que cada lector puede sentirse muy identificado con el personaje -la voz disfrazada del propio escritor-, aunque ello le moleste, irrite y angustie por la carga de verdad que conlleva. Pero no es la angustia sartriana la que expresa, pues el autor de La náusea hablaba desdesu pedestal de superioridad que le hacía afirmar "El infierno son los otros", sino que Houellebecq habla desde la humildad de su convicción de que él forma parte de "los otros" y comparte con ellos el mismo dolor y angustia de toda existencia.

Houellebecq siempre será cínico, despiadado, hipercrítico con lo que rodea, incluso blasfemo, pero nunca dejan de tener sus personajes ese lado humano, profundo, angustiado y veraz de todo ciudadano que sabe que su soledad es su única compañera y su desesperanza su único bagaje, en un mundo sordo, ciego y mudo ante la llamada de socorro de quien se hunde en el mar de su propia confusión, amargura y desencanto.

Y eso es lo que irrita a muchos lectores que se sienten demasiado identificados con esos personajes que le muestran su verdadero rostro, y semejanza con el suyo propio, en el espejo de la buena literatura de la que es un excelente ejemplo Serotonina.

 

 

La civilización en la mirada,Mary Beard

La civilización en la mirada Mary Beard Crítica, 2019, 256 pp.

La civilización en la mirada
Mary Beard
Crítica, 2019, 256 pp.

Una reflexión de la historiadora Mary Beard sobre el concepto de civilización a la que define como “el conjunto de imágenes compartidas colectivamente”

Ana Alejandre

Los libros de esta especialista en historia, Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales en 2016, no dejan nunca indiferente, ya que aúna siempre el rigor, la exhaustiva documentación y el análisis certero, pero desde la más absoluta amenidad y lenguaje claro y dirigido a todo tipo de lectores, sin usar el lenguaje críptico de los especialistas en dicha materia. Esta nueva obra de quien ha hecho de la investigación y divulgación histórica no solo una profesión, sino una pasión, nos demuestra que Mary Beard enseña, explica y razona sobre los enigmas de la historia antigua sin renunciar a la diversión de los lectores que siempre consigue.

Mary Beard, es miembro de la Academia Británica y catedrática de Clásicas de Cambridge, y una de las mayores especialistas en la Antigüedad grecorromana. Otras obras publicadas son El triunfo romano (2008); Pompeya (2009), La herencia viva de los clásicos (2013) o SPQR. Una historia de la antigua Roma (2016), todas ellas han tenido una excelente acogida de crítica y público.

En “La civilización en la mirada”, obra ensayística que es un compendio del contenido de la serie documental que la propia autora dirige en la cadena televisiva británica BBC, intenta analizar la cuestión del concepto de civilización, y Beard sostiene la afirmación que da título a la obra, pues afirma que: “Toda civilización se configura en torno a unas imágenes compartidas colectivamente”.

En esta nueva obra, su autora, intenta de nuevo analizar, razonar y explicar, lejos del dogmático mundo académico y su oscuro lenguaje solo apropiado para los iniciados, invitando al lector a que reflexione sobre las cuestiones expuestas y que él mismo saque sus propias conclusiones y elija aquellas hipótesis, posibles explicaciones y respuestas a las muchas preguntas suscitadas que se plantean en esta interesantísima obra

Esto conlleva dos vías de estudio y análisis por parte de la historiadora. Por una parte, analiza las diferentes visiones de la figura humana a través del tiempo y de las diferentes culturas; y, en segundo lugar, profundiza en la cuestión de cómo han representado el concepto de lo divino las diversas religiones y los problemas que ello representa.

En referencia a la representación del cuerpo humano, que fueron las primeras creaciones artísticas de la Humanidad y en la que se intentaban los seres humanos plasmar a sí mismos, este interés por la imagen humana y su representación era el inicio del culto al cuerpo, desde que los humanos fueron conscientes de su propia apariencia, tan diferente a los otros seres vivos que los rodeaban.

Pero lo importante para la autora en este estudio, es el propio observador y el contexto en el que se encuentra. Por ello, es consciente del gran papel que la Grecia clásica tuvo para formar y definir la manera occidental de mirar, lo que puede llevar a distorsionar la forma de ver y entender a otras civilizaciones ajenas al mundo clásico griego. Esto significa que aceptaremos ciertos principios estéticos de unas culturas y de otras no. Nuestra influencia del mundo clásico nos hará aceptar o rechazar según que imágenes, conceptos de belleza y cánones artísticos que se adapten mejor a nuestra propio gusto y cultura estética y rechazaremos otros.

Los griegos intentaron plasmar la imagen ideal masculina en multitud de estatuas repartidas por todas las vías públicas. El cuerpo masculino siempre se representaba como el de un joven, hermoso y atlético. Esa perfección física parecía garantizar la virtud moral. Así lo físico tenía la supremacía sobre lo moral, porque nada que no fuera hermoso, armónico, podría ser bueno. Así se cosificaba a la persona, definiéndola en la virtud por su aspecto físico. Los que eran viejos, gordos, feos, tullidos o poco agraciados eran ridiculizados por su aspecto, porque la imagen era más importante que las virtudes morales o intelectuales por sí solas de la persona en cuestión.

También, los griegos usaron el cuerpo humano no solo con fines estéticos, sino también aleccionadores, en cuanto al comportamiento ideal de los ciudadanos. Por ello, no sólo las estatuas representaban el concepto ideal de la imagen física, sino que en la cerámica griega se encuentran imágenes de mujeres junto a sus hijos y una cesta, como imagen ideal de la función de la mujer y de la imagen de la buena esposa; o de hombres que, después de beber alcohol, tienen conductas ridículas y poco adecuadas, como advirtiendo de los peligros del abuso de las bebidas alcohólicas.

Beard también estudia otras culturas desde un punto de vista que excede al puramente artístico. Toma como ejemplo a los guerreros de terracota, pero no en cuanto a su imagen estético, sino como meros símbolos del poder imperial, y, también, a las cabezas gigantes olmecas que analiza en su significado simbólico.

El tema de la iconoclasia es, también, tratado por esta singular historiadora. Advierte que cuando la religión y el arte se cruzan, siempre surgen problemas y paradojas difíciles de resolver. Para ello hace hincapié de que una obra que ha sido atacada por cualquier causa puede llegar a tener una mayor relevancia o notoriedad que en su anterior etapa. Afirma por ello, que la barbarie de una persona es la civilización de otra, a modo de defensa. La destrucción de imágenes religiosas es el lado opuesto, según afirma la autora, de lo que llamamos idolatría. Apunta los peligros que conllevan la vanidad y el deseo de ostentación que son siempre el principio de la idolatría, o veneración de imágenes e ídolos, problema que afecta al mundo entero y resalta, especialmente, la España católica.

En cuanto a la representación de Dios, todas las religiones han confrontado su forma de plasmar la imagen divina, con mayor o menor virulencia. Ello las ha llevado a buscar distintas maneras de plasmarla, desde las formas más exquisitas y sutiles, hasta las misteriosas o crípticas, pasando por las más ineptas.

Este libro es una obra de reflexión y ensayo que es muy recomendable a quienes les guste la historia y quiera ahondar más en nuestra propia cultura y, comprender a otras distintas que tienen diferentes valores estéticos y conceptos artísticos, pero de las que podemos aprender mucho si comprendemos que, como dice la autora: “Toda civilización se configura en torno a unas imágenes compartidas colectivamente”.

Si aprendemos a mirar de forma más comprensiva a lo ajeno y menos exclusivista, sin rechazar a lo que está fuera de nuestros conceptos artísticos y culturales, quizás comenzaremos a entender y valorar la gran diversidad, riqueza y sabiduría que existen en otras culturas ajenas a la nuestra, que conforman lo que llamamos mundo.

 

 

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