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Silvia Plath

 

Sylvia Plath

Silvia Plath

Ana Alejandre

Si en una ocasión anterior hablamos de Anne Sexton, esta vez se trata de de Sylvia Plath, amiga íntima de la primera, colega suya que también cultivó la llamada poesía del confesionismo, además de ser otra escritora suicida que se suma a la larga lista de aquellos escritores que decidieron un día poner fin a sus vidas, por uno u otro motivo.

Sylvia Plath, una vida desafortunada.

Nacida en el barrio de Jamaica Plain, de Boston, EE.UU., el 27 de octubre de 1932. Hija de un profesor de universidad, considerado un experto en el área de la entomología que falleció en 1940, cuando Sylvia contaba sólo ocho años, muerte que la traumatizó.

Desde muy pequeña, Silvia demostró sus capacidades poéticas, escribiendo a los 8 años su primer poema. Al fallecimiento de su padre siguió con su actividad poética, publicando poemas y cuentos en varias revistas estadounidenses lo que le proporcionó una cierta popularidad.

Su inestabilidad nerviosa la llevó a cometer su primer intento de suicidio cuando era estudiante en la Universidad Smith College (Massachusetts). De su afección psicológica fue tratada en el Hospital McLean. Tras el tratamiento recibido tuvo una evidente mejoría y pudo graduarse con honores académicos en 1955.

Marchó a la Universidad de Cambridge, después de obtener una beca Fulbright, y allí continuó con su actividad de creación poética, publicando ocasionalmente sus trabajos en la publicación universitaria Varsity. En dicha Universidad conoció al que sería después su marido, el poeta inglés Ted Hughes, con el que contrajo matrimonio el 16 de junio de 1956.

El matrimonio se instaló en Massachusetts (Estados Unidos) en 1957, y residieron allí durante más de dos años, en los que Sylvia Plath daba clases en el Smith College. Más tarde se instalaron en Boston, ciudad en la que Silvia participó en los seminarios impartidos por Robert Lowell, en los que conoció a Anne Sexton, que tuvieron una fuerte influencia en su obra.

El matrimonio volvió al Reino Unido al saber que Silvia estaba embarazada, residiendo primero en Londres y, más tarde, se instalaron en Nort Tawton, una pequeña localidad en Devon. Fue allí donde publicó su primer poemario titulado El coloso, en 1960. El embarazo no llegó a su fin, pues abortó en febrero de 1961, tema al que se refieren algunos de sus poemas posteriores. El matrimonio entró en crisis y se separó provisionalmente durante menos de dos años después de tener su primer hijo, por la infidelidad de Hughes con la poetisa Assia Wevill, aunque también la influencia de Olwyn Hughes, hermana de Hughes, parece que fue decisiva.

A raíz de su separación, Silvia volvió a Londres con sus dos hijos, instalándose en un piso en el que había vivido el famoso poeta W.B. Yeats, cuestión ésta que la fascinaba y que le parecía un excelente augurio en pleno proceso de divorcio.

La separación matrimonial y sus secuelas la desestabilizaron aún más, por lo que el invierno de 1962 fue especialmente duro para su frágil situación anímica. El 11 de febrero de 1963, sola, desesperada y con escasos recursos económicos, se suicidó asfixiándose en el horno de la cocina, encendiendo el gas, aunque se preocupó de que a sus pequeños hijos no les sucediera nada, tapando todas las rendijas para que no les llegara el gas letal mientras dormían. Sus restos fueron enterrados en el cementerio de Heptonstall, West Yorshire.

A pesar de que su inestabilidad mental y nerviosa parecía provenir de la muerte de su padre de la que nunca se recuperó, sin embargo todo apunta a que padecía realmente un problema mental tan grave como es el trastorno bipolar que en la actualidad se trata con éxito con la farmacopea.

La tragedia parecía no haber terminado con su muerte, porque su hijo, Nicholas Hughes Plath, fue siempre introvertido y solitario, maníaco depresivo que nunca se casó ni tuvo hijos, por lo que buscó una vida retirada como profesor en la Universidad de Alaska Fairbanks, siguiendo la trágica senda suicida de su madre, puso fin a su vida, el 16 de marzo de 2009, en Alaska, poniendo así en evidencia la triste fatalidad biológica heredada.

Sylvia Plath y Anne Sexton, son dos mujeres reconocidas como las principales exponentes de la poesía confesional, movimiento literario que iniciaron Robert Lowell y W.D. Snodgrass.

La obra de Sylvia fue editada a su muerte por su ex marido, Ted Hughes, que se encargó de supervisar y editar sus manuscritos, aunque destruyó el último volumen del diario de Plath que hablaba del tiempo que pasaron juntos, lo que le mereció muchas críticas, especialmente desde el sector feminista.
En la última recopilación que realizó Hughes de los poemas de Plath, con el título de Cartas de cumpleaños, éste rompe su silencio sobre su ex mujer y habla con absoluta franqueza, aunque lo hace sin un ápice de disculpa por sus opiniones. Hay que destacar las continuas controversias que ha suscitado la posible influencia de Hughes en la obra de su esposa, por el que mantuvo siempre una gran admiración como poeta, incluso después del divorcio.

En toda la obra de Plath, tanto en El Coloso (1960), como en Ariel (1965) su mejor poemario que parece decantarse aún más hacia el confesionismo, se percibe un estilo personalísimo y muy cuidado, además de su poesía posterior muestra su obsesión por la muerte y un acusado ensimismamiento. En su novela, La campana de cristal (1963), publicada con el pseudónimo de Victoria Lewis, y protagonizada por la joven Esther Greenwood, alter ego de Sylvia Plath, a través del monólogo interior realiza una sincera descripción de la depresión y el declive psicológico, y que por ser una obra semi-autobiográfica, indica que dichos trastornos psicológicos parecen provenir de la temprana muerte de su padre que nunca superó y también fue alimentada por los múltiples desengaños y su sempiterna mala relación con los hombres. Aunque dicha obra es una novela, tiene un ritmo poético y una carga de doloroso cinismo que no deja indiferente.

En 1982, se le otorgó el Premio Pulitzer póstumo por sus Poemas completos.

La escritora Sylvia Plath tuvo un reconocimiento que la mujer no consiguió nunca en su vida personal. Como su amiga Anne Sexton, con la que hablaba continuamente del suicidio como una posibilidad que tentaba a ambas y que siempre estuvieron marcadas por la temprana muerte de sus progenitores que las dejó al borde del colapso nervioso, trauma que nunca superaron ninguna de las dos y que arrastraron en sus continuas depresiones y crisis nerviosas, acrecentadas por su fracaso como esposas y madres que habían fracasado en sus vidas de mujeres que querían ser reconocidas en los planos profesionales y personales, consiguiendo el sólo en el primero el éxito que en el segundo se les negaba, en una sociedad tan sumamente clasista y conservadora como era en la que vivían y que terminó por asfixiarlas con sus convenciones, prejuicios, tabúes y, especialmente, con la incomprensión de los hombres que fueron sus compañeros y maridos que terminaron por abandonarlas después de haberlas humillados con sus infidelidades.

Cuando ambas eligieron el gas como arma letal -Anne Sexton encendiendo el motor del coche dentro del garaje cerrado, y Sylvia Plath metiendo la cabeza en el horno de la cocina-, ya estaban muertas anteriormente, de soledad, desamor y abandono. El gas sólo fue el anestésico para tanto dolor e impotencia que puso fin a unas vidas en las que todo parecía invitarlas a morir, entre los aplausos de sus lectores y la indiferencia de quienes, los más íntimos, no supieron comprender el enorme caudal de creatividad, imaginación y belleza que ambas tenían y que terminó por asfixiarlas al ver el contraste que sus pobres vidas personales les ofrecían.

 

 

Obra de Sylvia Plath

Sylvia Plath

Poesía

El coloso (1960)
Ariel (1965)
Tres mujeres (1968)
Cruzando el océano (1971)
Árboles de invierno (1971)
Poemas completos (1981)

Obra en prosa:

La campana de cristal (The Bell Jar) (1963), publicado con el pseudónimo de "Victoria Lewis".
Cartas a casa (Letters home) (1975), enviadas a su madre y editadas por la misma.
Johnny Panic y la Biblia de sueños (Johnny Panic and the Bible of Dreams) (1977)
Los diarios de Sylvia Plath (The Journals of Sylvia Plath) (1982)
The magic mirror (El espejo mágico) (1989), la tesis para Smith College.
The Unabridged Journals of Sylvia Plath (2000)

Obras para niños

The Red Book (1976)
The It-Doesn't-Matter-Suit (1996)
Collected Children's Stories (2001)
Mrs. Cherry's Kitchen (2001)

 

 

Poemas de Silvia Plath

Sylvia Plath

Carta de amor

No es fácil expresar lo que has cambiado.
Si ahora estoy viva entonces muerta he estado,
aunque, como una piedra, sin saberlo,
quieta en mi sitio, mi hábito siguiendo.
No me moviste un ápice, tampoco
me dejaste hacia el cielo alzar los ojos
en paz, sin esperanza, por supuesto,
de asir los astros o el azul con ellos.

No fue eso. Dormí: una serpiente
como una roca entre las rocas hiende
el intervalo del invierno blanco,
cual mis vecinos, nunca disfrutando
del millón de mejillas cinceladas
que a cada instante para fundir se alzan
las mías de basalto. Como ángeles
que lloran por la gente tonta hacen
lágrimas que se congelan. Los muertos
tenían yelmos helados. No les creo.

Me dormí como un dedo curvo yace.
Lo primero que vi fue puro aire
y gotas que se alzaban de un rocío
límpidas como espíritus. y miro
densas y mudas piedras en tomo a mí,
sin comprender. Reluzco y me deshojo
como mica que a sí misma se escancie,
igual que un líquido entre patas de ave,
entre tallos de planta. Mas no pienses
que me engañaste, eras transparente.

Árbol y piedra nítidos, sin sombras.
Mi dedo, cual cristal de luz sonora.
Yo florecía como rama en marzo:
una pierna y un brazo y otro brazo.
De piedra a nube iba yo ascendiendo.
A una especie de dios ya me asemejo,
hiende el aire la veste de mi alma
cual pura hoja de hielo. Es una dádiva.


Escayola

¡Nunca me liberaré de esto! Ahora soy dos personas:
ésta, completamente blanca, y la antigua, amarilla,
y la blanca es, sin duda, la más importante.
No necesita alimentos, es, ciertamente, uno de los santos
indudables. Al principio la odiaba, carecía de lógica propia.
Se pasaba los días en la cama conmigo, igual que un cadáver,
y yo me asustaba, pues su forma era idéntica a la mía,

aunque mucho más blanca, e irrompible, y jamás se quejaba.
Era tan fría que me tuvo despierta una semana.
Yo le echaba la culpa de todo, pero ella jamás respondía.
¡Qué ridícula conducta, yo no la entendía! Pero ella
guardaba silencio. La pegaba, pero no se movía,
pacifista sincera, y entonces me dije que deseaba mi amor:
comenzó a ser más cálida, y vi entonces sus muchas virtudes.

Sin mí no existiría, por eso me mostraba cariño.
Yo le daba alma, florecía de ella cual rosa
florece de un jarrón de porcelana barata,
era yo quien brillaba, no ella con su pulcra blancura,
como había pensado al principio. Yo entonces
la protegía un poco y ella estaba encantada, era claro
que su mente de esclava la regía.

Yo aceptaba su culto y a ella le encantaba.
Matinal, despertábame del sol al reflejo. En su torso
sorprendentemente albo lucía su pulcra
nitidez, y su calma y su dura paciencia:
mimaba mis debilidades como experta enfermera,
poniendo mis huesos en su sitio, para que se curasen.
Y, así, nuestro vínculo se volvió más firme.

Fue dejando de venirme tan justa, empezó a separárseme.
Yo notaba sus críticas a pesar de mí misma,
como si mis costumbres la ofendiesen de alguna manera.
Dejaba pasar las corrientes y volvióse distraída y lejana.
Y la piel me escocía y se me iba pedazo a pedazo
sólo porque ella me cuidaba con tanto desvío.
Vi por fin el misterio: se creía inmortal.

Quería dejarme, se pensaba superior a mí en todo.
¡Y yo que la tenía a oscuras, apilando rencores,
malgastando sus días al servicio de un semicadáver!
En secreto empezó a desearme la muerte. Y entonces
podría cubrirme la boca y los ojos, del todo cubrirme,
y llevar mi rostro pintado como funda de momia
con la faz faraónica, aunque fuera de barro y de agua.

Y yo no podía arrojarla de mí, se apoyaba
en mí tanto tiempo que me estaba volviendo inmóvil,
habiendo olvidado la manera de andar o sentarme,
por eso cuidaba yo mucho de nunca ofenderla
o jactarme imprudente de mi cierta venganza.
Esta convivencia era igual que vivir con mi tumba:
yo dependía de ella, aunque muy contra mi voluntad.

Solía pensar que podríamos vivir muy bien juntas,
tan unidas estábamos que pudieran pensarnos casadas.
Pero ahora comprendo que no compartíamos, que ella
sería una santa y yo fea e hirsuta, más tarde o temprano
tales diferencias caerían inanes, pues yo recobraba mi fuerza
y un día podría vivir sin su apoyo y entonces
su cáscara huera y muriente lloraría mi ausencia.





Espejo

Soy de plata y exacto. Sin prejuicios.
Y cuanto veo trago sin tardanza
tal y como es, intacto de amor u odio.
No soy cruel, solamente veraz:
ojo cuadrangular de un diosecillo.
En la pared opuesta paso el tiempo
meditando: rosa, moteada. Tanto hace que la miro
que es parte de mi corazón. Pero se mueve.
Rostros y oscuridad nos separan

sin cesar. Ahora soy un lago. Ciérnese
sobre mí una mujer, busca mi alcance.
Vuélvese a esos falaces, las luciérnagas
de la luna. Su espalda veo, fielmente
la reflejo. Ella me paga con lágrimas
y ademanes. Le importa. Ella va y viene.
Su rostro con la noche sustituye
las mañanas. Me ahogó niña y vieja

Soy vertical

Mejor querría ser horizontal.
No soy un árbol con raíces hondas
en tierra, sorbiendo minerales y amor materno,
refloreciendo así de marzo en marzo,
reluciente, ni orgullo de parterre
blanco de admirativos gritos, muy repintado,
y a punto, ignaro, de perder sus pétalos.
Comparado conmigo es inmortal
el árbol, y las flores más audaces:
querría la edad del uno, la temeridad de las otras.

Esta noche, en luz infinitésima
de estrellas, árboles y flores
han esparcido su frescura aulente.
Yo entre ellos me paseo, no me ven, cuando duermo
a veces pienso que me les hermano
más que nunca: mi mente descaece.
Resulta más normal, echada. El cielo
y yo trabamos conversación abierta, así seré
más útil cuando por fin me una con la tierra.
Árbol y flor me tocarán, veránme.


Suceso

¡Cómo los elementos se endurecen!
La luz lunar, la peña como tiza,
en cuyo seno blanco ahora yacemos

espalda contra espalda. Oigo un búho
chillar desde su frío añil vocales
que en mi corazón entran insufribles.

El niño, en cuna blanca, se estremece,
suspira, abre la boca, pide algo.
Su rostro está esculpido en rojo y pena.

Y luego las estrellas: duras, arduas
de arrancar. Toco: duéleme y me quema.
No puedo ver tus ojos. Donde enfría

la noche la manzana en flor yo ando,
circular, en mi cauce hondo y amargo
de errores viejos. El amor no puede

venir aquí. Se muestra un negro abismo
en el opuesto labio.
Un alma blanca

y pequeña me llama, un blanco, mínimo
gusano. Abandonáronme mis miembros,
¿quién nos ha desmembrado? Nos tocamos
como tullidos. La oscuridad fúndese.


Últimas palabras

No quiero una caja sencilla, quiero un sarcófago
de atigradas listas y un rostro pintado, redondo
como la luna, que mire, quiero
estar mirándolo cuando lleguen, escogiendo
entre minerales mudos, raíces. Véolos
ya: los pálidos, astralmente distantes rostros.
Ahora no son nada, no son siquiera criaturas.
Imagínolos huérfanos, como los primeros dioses,
de padre y madre, se preguntarán si tuve importancia
¡Debí haber preservado mis días, como frutos, en azúcar!
Mi espejo se empaña:
unos pocos hálitos, y no reflejará ya nada.
Las flores y los rostros blanqueantes cual sábanas.

No confío en el espíritu. Huye como vapor en mis sueños,
por la boca o los ojos. No puedo impedírselo.
Un día se irá para no volver. Así no son las cosas.
Permanecen, sus luces idóneas se calientan
en mis manos frecuentes. Ronronean casi.
Cuando se enfrían las suelas de mis pies, los ojos azules,
mi turquesa, me darán solaz. Déjame
mis cacharros de cobre, déjame los cacharros de afeites,
que florezcan en torno a mí como flores nocturnas, aulentes.
Me envolverán en vendas, almacenarán mi corazón
bajo mis pies, bien envuelto.
Conoceréme a mí misma. Seré noche
y el relucir de tantas cosas será más dulce que el rostro de Istar.





Una vida

Tócala: no se encogerá como pupila
esta rareza oviforme, clara como una lágrima.
He aquí ayer, el año pasado: palmiforme lanza,
azucena, como flora distinta
de un tapiz en la quieta urdimbre vasta.

Toca este vaso con los dedos: sonará
como campana china al mínimo temblor del aire
aunque nadie lo note o se anime a contestar.
Los indígenas, como el corcho graves,
todos ocupadísimos para siempre jamás.

A sus pies las olas, en fila india,
no reventando nunca de irritación, se inclinan:
en el aire se atascan,
frenan, caracolean como caballos en plaza de armas.
Las nubes enarboladas y orondas, encima.

Como almohadones victorianos. Esta familia
de rostros habituales, a un coleccionista,
por auténtica, como porcelana buena, gustaría.

En otros lugares el paisaje es más franco.
Las luces mueren súbitas, cegadoramente.

Una mujer arrastra, circular, su sombra, de un calvo
platillo de hospital en torno, parece
la luna o una cuartilla de papel intacto.
Se diría que ha sufrido una particular guerra relámpago.
Vive silente.

Y sin vínculos, cual feto en frasco, la casa
anticuada, el mar, plano como una postal,
que una dimensión de más le impide penetrar.
Dolor y cólera neutralizadas,
ahora dejadla en paz.

El porvenir es una gaviota gris, charla
con voz felina de adioses, partida.
Edad y miedo, como enfermeras, la cuidan,
y un ahogado, quejándose del frío, se agazapa
saliendo a la orilla.

Viuda

Viuda. Palabra que se autoconsume:
cuerpo, hoja de periódico en el fuego,
por el aire un instante sostenida
sobre la geografía roja y cálida
que arrancará su corazón cual ojo.

Viuda. Sílaba muerta, con su sombra
de un eco, abre el resorte en el tabique
del pasado secreto: aire gastado,
recuerdos fétidos, escalinatas
mecánicas que a ningún sitio conducen...

Viuda. La amarga araña se sienta
en el centro de sus ejes resecos.
La muerte es su vestido, gorro, cuello.
El rostro del marido, blanco, inválido,
la cerca como a presa que con gusto
de nuevo mataría, verle cerca
cual rostro de papel contra su pecho,
como sus cartas conservar solía
tornándolas piel nueva, viva y cálida,
pero ahora ella es papel, y fría siempre.

Viuda: ¡estado vacío y grande! Llena
de aire traidor está la voz divina,
los arduos astros fáciles promete,
y el espacio inmortal entre los astros,
no cadáveres, flechas hacia el cielo.

Viuda, inclínanse árboles piadosos,
árboles de dolor y soledades.
Como sombras en torno al verde campo
o incluso como bocas negras ciérnense.
La viuda les semeja, es una sombra.

Las manos bien cogidas, nada en ellas.
Alma sin cuerpo que otra alma pide
en este aire sereno y no lo nota:
un alma frágil como el humo entra
en otra sin saber por dónde pasa.

Es éste su temor: es el temor
de que su alma late aún y late sorda
como el ángel mariano, cual paloma
contra un cristal a todo ciega, menos
al hueco hoyo que mira y mirar debe. 

Poemas de "Cruzando el océano" (1971)

Aparición

La sonrisa de las neveras me aniquila.
¡Qué corrientes por las venas de mi amada!
Oigo ronronear su gran corazón.

Conjunciones y signos de porcentaje
exhalan sus labios, como besos.
En su mente hoy es lunes: la moral
se lava y se presenta ante mis ojos.
¿Cómo interpretar tales contradicciones?
Llevo puños blancos, me inclino.

O sea: ¿es amor esta roja tela
que fluye de la acerina aguja y vuela tan cegadoramente?
Con ella haré vestiditos y abrigos,
y vestiré a una dinastía entera.
Cómo se abre y ciérrase su cuerpo:
¡un reloj suizo, y con rubíes en los goznes!

¡Ay, corazón, qué desbarajuste!
Las estrellas pasan centelleantes como agoreros números.
ABC, dicen sus párpados.
 

Gigolo

Reloj de bolsillo, bien tictaqueo.
Las calles, reptíleas rendijas,
a plomo, con huecos donde esconderse.
La mejor cita, un callejón sin salida,
un palacio de terciopelo
con ventanas de espejos.
Allí se está segura,
sin fotos familiares,
sin anillos nasales, sin gritos.

Relucientes anzuelos, sonrisas de mujeres
hambrean mi volumen
y yo, elegantona con mis calzas negras,

desmenuzo pechos como medusas.
Para nutrir
violonchélicos gemidos como huevos:
huevos y pescado, lo básico,
el calamar afrodisíaco.
Mi boca ríndese,
la boca de Cristo
cuando mi motor llegue a su fin.

El charloteo de mis articulaciones
doradas, mi forma de convertir
perras en pizzicatos argentinos
desenrolla una alfombra, un silencio.

Y no hay fin, no tiene fin.
Nunca envejeceré. Ostras nuevas
estriden en el mar y yo
reluzco como Fontainebleau
contenta,
toda la cascada un ojo
sobre cuya agua tiernamente
inclínome y véome.


La otra

Llegas tarde, lamiéndote los labios.
¿Qué dejé intacto en el umbral:
blanca Niké,
aullando entre mis muros?

Sonrientemente, azul relámpago
aceptas, como escarpia, el gravamen de sus partes;

Favorecido de la Policía, lo confiesas todo.
Cabello lúcido, limpiabotas, plástico viejo,¿tan intrigante es mi vida?
¿Por eso agrandas tus ojeras?

¿Es por eso por lo que se alejan las motas de aire?
No son motas de aire, sino corpúsculos.

Abre tu bolso. ¿Qué es ese hedor?
Es tu calceta, asiéndose
asiduamente a sí misma,
son tus dulces pegajosos.

Tengo tu cabeza contra mi pared.
Cordones umbilicales, azulrojizos, flácidos,
chillan desde mi vientre, cual flechas, y cabálgolas.
O luz lunar, o enferma,
los caballos robados, las fornicaciones
circulan útero marmóreo.

¿A dónde vas
sorbiendo aire como kilómetros?

Lloran oníricos adulterios
sulfúricos. Cristal frío, ¿cómo
te introduces entre yo misma
y yo misma? Araño como un gato.

La sangre que fluye es fruta mate:
un efecto, un cosmético.

Sonríes.
No, no es mortal.


Místico

El aire, remolino de ganchos:
preguntas sin respuesta,
relucientes, ebrias como moscas
cuyo beso punge insosteniblemente
en los úteros fétidos de aire negro bajo estivos pinares.

Recuerdo
el olor a muerto del sol contra chozas de leño,
la rigidez de velas, las largas sábanas curvas salinas.
Una vez visto Dios, ¿cuál es el remedio?
Ya aquilatado uno de pies a cabeza,
ni un dedo omitido, una vez usado,
totalmente usado en las conflagraciones solares, las manchas
que se alargan partiendo de catedrales antiguas,
¿cuál es el remedio?

¿La píldora comulgatoria,
la marcha junto al agua quieta, el recuerdo?
¿O ir recogiendo fragmentos lúcidos
de Cristo en los rostros de los roedores,
de los mansos mascaflores cuya esperanza
es tan nimia que no tiene inquietudes:
gibosa en su choza mínima, limpia,
bajo los tallos de la clemátide?
¿Es que no hay amor, sólo ternura?
¿Es que la mar recuerda

a quien la camina?
Goteras de moléculas. Las chimeneas
de la ciudad respiran, la ventana suda,
los niños saltan en sus cunas.
El sol florece, es un geranio.
El corazón no se ha parado.


Temores

Esta pared blanca sobre la que el cielo hácese a sí mismo:
infinita, verdad, intocablemente intocable.
Los ángeles se bañan en ella, y las estrellas igualmente, en indiferencia también.
Mi medio son.
El sol se disuelve contra esa pared, desangrándose de sus luces.

Gris es la pared ahora, desgarrada y sangrienta.
¿Cómo salir de la mente?
Los pasos a mi zaga concéntranse en un pozo.
Este mundo carece de árboles y de pájaros,
solo hay agrura en él.

La pared roja no hace más que sobresaltarse:
un puño rojo se abre y se cierra,
dos papelosas bolsas grises:
he aquí mi materia, bueno: y terror también
a que llévenme entre cruces y una lluvia de lástimas.

Irreconocibles pájaros en una pared negra:
torciendo el cuello.
¡Esos sí que no hablan de inmortalidad!
Dos frías balas muertas se nos aproximan:
con mucha prisa vienen.

 Poemas de "Árboles de Invierno" (1971)

 

 

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