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Ängel Crespo
Ängel Crespo

Ängel Crespo
Ana Alejandre
Nacido en Ciudad Real el 18 de julio de 1926, en una familia de terratenientes. Vivió en su ciudad natal hasta que comenzó la Guerra Civil y después en Alcolea de Calatrava donde tenían tierras su familia
La relación estrecha con la Naturaleza tuvo una gran influencia en su obra poética. Pasó la Guerra Civil sin ir a la escuela, recibiendo lecciones en casa, incluso de francés, por parte de un amigo de su padre que era profesor y estaba en su casa refugiado.
Cuando finaliza la guerra comienza los estudios de Bachillerato, además de ser un lector impenitente de Salgari, Verne y Rice Burroughs. Lee a los clásicos castellanos y latinos y entre sus lecturas favoritas se encuentran Rubén Darío, Espronceda, Berceo y el Duque de Rivas.
Empieza a escribir poesía y la publica en publicaciones de la provincia. Traduce en tercetos encadenados fragmentos de las Geórgicas de Virgilio. Después de leer “Poesía española 1015 -1931”, se interesa mucho por el surrealismo y el creacionismo. Cuando finaliza el Bachillerato, en 1943, se traslada en Madrid para estudiar Derecho, para complacer a su padre, en vez de cursar Filosofía y Letras como hubiera sido su deseo.
En Madrid descubre el Postismo nada más de publicar su primer “Manifiesto” en 1945 y conoce y trata a sus fundadores Eduardo Chicharro, Carlos Edmundo de Ory y Silvano Sernesi. En este movimiento literario encuentra un nuevo cauce para su expresión poética y se adhiere a él, pues significa una renovación de la poesía de España por aquel entonces que estaba siendo encabezada por los grupos garcilasista y tremendista. Estudia los ismos de la Vanguardia histórica, lee a Dante y a poetas franceses ¡e italianos. También, se acerca al esoterismo y empieza a escribir crítica de arte. En colaboración con Ory, organiza la exposición “16 Artistas de Hoy”, en 1948, en la Galería Bucholz de Madrid.
Después de terminar Derecho, en 1949, marcha a Tetuán donde reside seis meses para terminar el servicio militar. Esa ausencia de España la considera primordial para completar su formación. Al regreso a España se instala en Alcolea para preparar oposiciones a Notarías y, al mismo tiempo, a escribir poesía. Escribe entonces su poemario “Una lengua emerge” que publica en 1950, al que se considera el primero exponente de su realismo mágico.
Más tarde comienza a trabajar como abogado en Madrid, en 1950, y participa cada vez con mayor intensidad en la vida cultural madrileña. Con Federico Muelas y Gabino Alejandro Carriedo funda y codirige la revista de poesía El pájaro de paja (1950-1954). Un año más tarde, en 1951, funda él solo la revista Deucalión (1951-1953) patrocinada por la Diputación de Ciudad Real.
Ya en la década de los 50 vuelve a escribir crítica de arte y publica siete poemarios que constituyen su etapa de realismo mágico.
En 1956 comienza a publicar sus traducciones, en especial una selección de poemas de Alberto Caeiro, uno de los heterónimos del escritor lusitano.
Es a partir de 1960 cuando se interesa por el realismo y escribe una poesía comprometida políticamente, en esos años en los que está participando en la lucha clandestina contra el franquismo, aunque no comparte los postulados del marxismo.
Queriendo difundir sus ideas, fundó, junto a Gabino Alejandro Carriedo, la revista Poesía de España (1960-1963) donde publica a los poetas que tengan su mismo concepto del realismo.
Posteriormente funda otras revistas como la Revista de Cultura Brasileña, patrocinada por la Embajada del Brasil en Madrid que siguió dirigiendo hasta 1970.
Marcha a Puerto Rico, en 1968, al aceptar la invitación de la Universidad de Puerto Rico para enseñar en su Departamento de Humanidades, No regresaría a España hasta 1988 y se instala en Barcelona, donde enseña como profesor invitado en la Universidad Central y la Autónoma y, más tarde, es nombrado Profesor Emérito en la Universidad Pompeu Fabra. En la ciudad condal fallece en 1995.
Ángel Crespo fue una figura señera de la vida literaria de la década de los 50 y 60. Después, fue relegado al olvido por su retiro voluntario en Puerto Rico durante veinte años, exilio motivado por las críticas del Partido Comunista del que era militante, ya que no aceptaba el realismo de signo marxista que querían imponer y por la tensión política de esa época de las postrimerías del franquismo,
.En 1971 publica En medio del camino, obra que recogía su poesía escrita hasta ese momento. En 1983 publica El bosque transparente, que reúne su poesía de los años 70. Ya en la década de los ochenta, en 1985, publicó El ave en su aire. La Fundación Jorge Guillén publicó tres volúmenes, en 1996,, en los que se reúne su poesía publicada hasta entonces y la mayoría de la inédita hasta esa fecha.
Posteriormente, Escribió un texto autobiográfico con el título “Mis caminos convergentes” y, durante varios años sucesivos publicó unos diarios de los cuales se han publicado Los trabajos del espíritu (1971-1972 y 1978-1979), escritos en Suecia, Puerto Rico, Italia y España, que contienen una gran variedad y riqueza de reflexiones personales sobre la literatura en lenguas minoritarias o las experiencias cotidianas del autor y sus amistades.
No se puede considerar adscrita su obra poética a ningún grupo, tendencia, por lo que los estudiosos de su obra han encontrado muchas dificultades para encuadrar a este poeta en alguna de las corrientes de la poesía de posguerra
Comenzó con el postismo con sus primeros poemas y, después, pasó a otras tendencias que llevan el nombre de de "realismo mágico", de "humanismo culturalista" y de "humanismo trascendente" o "poesía esotérica".
Toda su obra poética posee una gran sonoridad y rico simbolismo, que le inspiraban elementos de diferentes fuentes: lo biográfico, la tradición cultural y lo mítico.
Entre los galardones que recibió en su carrera literaria, se destacan el premio de los Lectores y Libreros italianos por su traducción de la Comedia de Dante (que le premiaron también con la Medalla de Oro della Nascita di Dante de la ciudad de Florencia); la Medalla de Plata de la Universidad de Venecia; el Premio Nacional de Traducción por su versión del “Cancionero de Petrarca”, en 1984; el premio Ciudad de Barcelona de poesía en castellano por su libro poético “El bosque transparente”; y el Premio Nacional a la obra de un traductor, en 1993.
Su primera biografía se publicó en 2011 con el título Humanidad y humanismo de Ángel Crespo (1926-1995). Su autor es Amador Palacios, especialista en las diversas corrientes de poesía española en las que intervino Angel Crespo.
Poemas de Ángel Crespo
Bajo un cielo sin pájaros
¿qué redención podemos
esperar -o qué canto
suspendernos sabría?
Va el sol cayendo, y su cadáver frío
no cruza un ala -y todas las auroras
gritan desde su ayer que no está muerta
la hoja postrera.
¿Pero en qué paisaje
tiñe de verde, en qué país, al viento?
Con la siniestra mano
Concededme, dioses, que escriba
con la siniestra mano, pero no
le concedáis destreza. Que ella sola
se afane en enseñarme, que las líneas
que trace sean,
como las rimas, tortuosas;
que una letra pueda leerse,
indiferentemente,
como una alabanza, un vituperio
a vuestros gestos inmortales
de dioses o de diosas;
que los versos inhábil- se entrecrucen
como vuestras miradas y silencios;
y, así, tan lentamente
como vuestras auroras y ocasos,
vaya sumando mundo
esa torpe escritura:
recobrando azul para el cielo
(que no era luz),
y el temblor de las aguas
(del pozo de los pozos), y
en todo, y lo demás, la sed perdida
(en sus cauces nacientes);
y cuando ya mis líneas quiera
enderezarse -ya adiestrada
mi torpe adrede mano-,
volváis los ojos displicentes
para que yo quiera deciros
no sabré con qué mano.
Cuando te quedas solo, eres espejo...
Cuando te quedas solo, eres espejo
de lo que fuiste:
una mañana
contemplada desde el balcón
entornado; unos pasos
armoniosos que no has seguido
para no derramar tu gozo;
unas cuantas palabras
que te cambiaron más que el tiempo;
una mirada que se ahogó
como luz en tus venas;
un viaje que nunca querías
terminar; tu alma ausente
de lo que te esperaba
al quedarte tan solo.
El muro
El peregrino llega junto al muro,
ya sin aliento, apoya el él las manos
y la frente, buscando refrigerio:
mas pronto las aparta, que unas manos
y una encendida frente
lo sostienen del otro lado.
El viento se ha quedado quieto...
El viento se ha quedado quieto
cabe las ramas, y me acecha
con ojos encendidos.
¿Qué me recuerda -o me recuerdas-? No
sabría adivinarlo.
Y caen las hojas
que consume la hoguera.
El pedregal
¿Son alas deshojadas, huesos, tristes
restos de algún naufragio,
trances sin nombre,
tiempo derrumbado
-o no son más que piedras?
Detrás de ellas habrá un paisaje abierto
o soledad tan sólo;
habrá un vuelo, un tumulto acre de plumas,
un fragor de olas contra el casco vivo,
o una muralla, por la que pasean
centinelas y brumas
y el mediodía se alzará lo mismo
que una rama que crece.
O tal vez no.
Me paro junto a este
pedregal: no me atrevo
a dar un paso más
hacia lo que me engaña revelándose.
El tedio
El tedio a veces es como el amor;
mana de las cavernas
del pecho, se dilata,
atraviesa la estancia y los cristales
y se difunde hasta perderse
de vista.
Y, barnizado
con su color distinto,
es más íntimo el mundo.
El tiempo se ha posado como un pájaro...
El tiempo se ha posado como un pájaro
peregrino y cansado
a la sombra que doy. Ave de alas
abiertas y caídas
ahora, la cabeza inclina, y abre
el curvo pico, ya ciega a la luz
que ahora no mueve rayos.
Igual que un agua que se remansara
cuando, al formar cascada, está cayendo,
o como llama que de arder dejase
al unirse a otra llama, o como aire
que cesa de moverse a medio viento,
así el tiempo, a mitad
de sí mismo, pretende que yo aprenda
a eternizarme -y que me pare un punto
a la sombra que da bajo mi sombra.
En esta lluvia
Os palpé en esta lluvia,
no en el aire,
sino en la tierra, tras haber caído
-entre la hierba fría
y caliente, como una boca
grande y verde que no devora tiempos:
mis manos ahora huelen
a aceite de podrido
y lujuriante azahar (mis dedos,
ya planetas del árbol)
y también a una axila rosa
y al escozor de un vientre
no virgen, tras la lluvia.
Estabais allí tras el agua
-o sea, allí en la lluvia-
como jugando a ser espejos
más que su fibra ambigua,
pero era vuestro el aire.
Iban mirándome al pasar
En una cueva de un monte lejano
me refugié. Y era de día
y cantaba el agua en el agua
y el aire soñaba en el aire.
Me refugié para no huirme
y no encontrarme. Era de noche
y el monte aquel era de luz.
Nunca supe de procesiones
como aquéllas: vestían clámides
transparentes, sin fibras, iban
mirándome al pasar.
Lo que no tiene fin no se posee
ni nos posee: las miradas,
suyas y mías, eran formas
de otra forma de amor.
No hay dioses muertos si son dioses,
ni aquella cueva, ni aquel monte,
ni aquella luz, ni clámides
sin fimbrias, pues abrí
los ojos, y hasta el pecho
surgió el río del río.
Ignorancia de otoño
Para ignorar, hay que vivir.
Las manos ya se niegan
al testimonio de los días
y las noches paradas.
Maduras
pero todavía no asoman,
amargos, los gajos abiertos
que oculta tu temor.
Aún no ignoras bastante.
Temes el vuelo de ese pájaro
obstinado.
¿Transcurren, pues, las estaciones
o eres tú, tan absorto, el tiempo?
Sabes ya que la lluvia
no importa, que nada vale el plazo
de la espera.
Lo sabes
e ignorar es el alimento
del hombre -el de esta brisa
que no se sabe aire.
Jardín de Turena
La joven se sentó en la hierba,
se desnudó los pies
y amaneció más allá de la aurora
Las sombras van cayendo como un regalo de los dioses...
Las sombras van cayendo como un regalo de los dioses,
el más generoso, pues son
de sus incorruptibles cuerpos y de sus almas
inmortales imagen; y no
nos piden nada a cambio de este espejo
en el que todo encuentra su unidad
de nuevo, es otra vez, y cada vez,
como un latido hecho de movimiento y de quietud,
el puro pensamiento que se esconde
de sí mismo, acosado por la luz.
Los árboles crecen deprisa
Mientras iban creciendo
estos árboles, yo
daba vueltas al mapa
diario de mis sueños.-
Y cada rama era
el nombre de un país, y cada hoja
una ciudad con torres o mezquitas
y siempre con un alma
en pena.
Y en otoño
me querían llevar al otro mundo
las hojas amarillas
y una calle sin nombre y sin ventanas.
Los ojos de la corza
Viajo desde los ojos de la corza
a su interior. Un mundo de cristales
ternísimos y velos ligerísimos
acoge al primer paso de mis ojos.
Avanzo sin temor; sobrecogido,
no obstante, por lo fácil del camino
que, de ojos adelante, ya discurre
por pasadizos y pasillos suaves
al tacto de los pies que me imagino,
y porque a su través se transparentan
leves arquitecturas sinuosas,
edificios de flor carnal y ramas
que, aunque no mueve el viento, se cimbrean
al borde de arroyuelos escarlatas,
y suaves y pulidas piedras puestas
en orden de descanso y sobresalto.
Lejos quedan los ojos de la corza
en tan corto trayecto transcendidos
y, cuando vuelvo hacia ellos la mirada
-ya huésped familiar de lo aludido-,
no encuentro su salida luminosa
y me pierdo en un prado de mil prados,
hechos de tiempos idos y presentes,
vigilados por vuelos agresivos
y por olfatos que el marfil afilan.
Sigo los vericuetos de la corza,
que se han hecho mi propio laberinto,
y hallo en su centro de lucientes ojos
los suyos y los míos junto a un pozo
del que desborda el agua suya y mía.
Madrigal a Afrodita
Merced a ti la flor del aire es oro,
oro es la flor del trigo;
y la amapola roja,
rubia flor, pariente del oro.
Enloqueciendo al aire
y a lo escondido de la tierra,
haciendo caer lluvias amarillas
sobre las matrices del agua,
atas al monte con un nudo de oro.
Sube el polen los escalones
arriesgados del aire
con alas músicas, con trinos
más libres que de pájaros,
como el oro le trina al oro.
Y la cabellera te sueltas,
rubia y casta, diosa desnuda,
que acaricia al caer tu sexo:
y un espasmo corre en la espalda
bajo las olas locas de oro.
Una bandada de palomas,
grajas o ciervos, amarillos,
he visto en sueños: sus pupilas,
que me miraban fijamente,
despedían chispas de oro.
No te asomes a ese jardín...
No te asomes a ese jardín
ni quieras descubrir sus rosas.
Mueren tras ese idéntico
perfume, igual color,
y la sed llena el vaso.
No te acerques a ese jardín
si quieres que aún existas
y que tu amor de siglos no se apague,
y si amas la esperanza.
Déjalas bajo el sol: búscate dentro
esa otra cosa que renace y muere,
esa flor que sospechas que hay en ti,
esa rosa que fue, pasó, nunca hubo rosas.
Ofrendas
En cada mano, el mundo deja
aquello que no tiene su medida:
lo que pesa demás, lo que es ardiente
en exceso -pues nadie
que tenga un alma puede
impasible aguardar como la estrella.
No es que no tenga luz, pero sus rayos
deben llegar a donde no ilumina
el fuego general -al subterráneo
de cada vida, al breve paraíso
que brota de su sed como un relámpago.
Paloma de Helsinki
Por miedo de que ardiese una paloma
que eclipsaba al sol con sus plumas
volando hacia las llamas
que apagaba el crepúsculo,
ya no pude escribir aquel poema
que temblando empecé
por miedo de que ardiese una paloma.
Paseata del destronado
¿En qué jardín sembrar una rosa
de Francia? ¿A que follajes
confiar una estatua de Ceres la rubia,
un bronce del Verrocchio, una matita de verbena?
¿Puede ascender sobre estos pastos
un quinteto de oboes,
o bien una gentil perdiz
que podríamos llevar al lienzo?
¡Ah! ¿Dónde crece el laurel oloroso,
dónde canta al oído el agua,
dónde unas columnas caídas
que sonrían sin una mueca?
La distancia se me convierte
en un reino redondo y cristalino,
a través del cual una mano
ofrece a mi cansancio sus sortijas.
Romper quiero tu bulto...
Romper quiero tu bulto
para que al menos vengas
enojada, y la injuria
me haga escuchar tu voz
antes de aniquilarme.
Hecho añicos, deshecho
su volumen, que mide
en mí toda la distancia
y todo tiempo, en piedras
que insinúan el giro
delicado de un pie,
de un lóbulo la flor
turbadora, de un seno
la frutilla salvaje,
clamará por ti, odiosa.
no con ramas de olivo,
sí con ojos, que dicen
verdes, en que quizás,
antes de que me ciegues
y enmudezcas, yo mire
la ardiente luz oscura
que me sigues negando
cuando pongo una flor
entre esos pechos duros.
Sin querer
Sin querer,
sin encontrar una niebla de olvido
que me haga extraviarme en mi presente,
que no recuerdo
porque la luz es excesiva;
sin querer,
sin desaprender esa música
lejana -y conseguir,
en el día brumoso,
escuchar al silencio lleno de alas.
Sin querer
-nunca queréis, no quiero-,
vamos impulsados por remos
de una leña que no consume
el fuego que nos arde.
Sin querer,
caminamos hacia un final
que nos aguarda indiferente
-no es cazador- con su sima de olas
sin sal y sin espumas.
Sin querer,
ignoro si es posible
recobrar el aquí que ignoro,
o, ciego y en silencio,
sumergirme en el río
que me niegue a vosotros,
sin querer.
Ula
Aquella noche te llamabas Ula
y huías ululando por la nieve.
Aquella noche escandinava
en que las alas de la nieve
entraban por debajo de la puerta
y, ateridas, se desplumaban
-yo te veía figurarte en Ula,
estremecida por el fuego,
e internarte en el bosque
en connivencia con lo oscuro.
Es verdad que no traspasaste
la puerta de la casa
-pero ésa eras la otra-
mientras, melena al viento,
Ula, con pies alados,
asustaba a la noche.
¿Cómo lograste, cómo hubiste
que aquélla fueras, que la nieve
te cambiase aquel nombre
-y que tus pies dejaran
huellas legibles: y dejases
a tu conmigo amando
de mentidor testigo?
Y entonces me mirabas: cuando ibas
alzándote ululante
-delicada Eloísa de la nieve-
mientras yo el albedrío te entregaba
de mano de mi lengua.
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