Ediición nº 19 -Abril/Junio de 2012


Viajar, pero no divagar

Viajeros en el aeropuerto

AXIII

por Mario Soria.

Uno de los escritores españoles más leídos hasta hace poco tiempo era el catalán Terencio Moix, o Terenci, como a él le gustaba llamarse, incluso cuando empleaba la lengua de Cervantes (1). Moix tiene, entre otros libros de su pluma, el relato de sus viajes a Egipto, dieciséis, según afirma el propio autor: Terencio del Nilo. Cualquier lector poco avisado creerá, seguramente, que tan elevado número de visitas al país de los faraones, con la natural secuela de recuerdos y conocimientos de todo especie, ha dado origen a la obra, no diremos que de un egiptólogo profesional, pero sí de alguien vuelto erudito a fuerza de repetición y de costumbre. El ingenuo sufrirá una decepción: las trescientas cincuenta y tantas páginas del libro constituyen un dilatado relato de las impresiones particulares de Moix, relato donde aparece la realidad sólo a modo de pretexto, siendo el escrito arpillera formada exclusivamente por los sentimientos del viajero. Nunca deja, pues, de oírse la voz de aquél, presuntuosa unas veces, trivial otras, satírica, nostálgica, razonadora, descriptiva, apasionada. Cuando el lector quiere ahondar en un asunto, seducido por un nombre o un paisaje, ya está lejos el narrador, mirando otro templo, otra ciudad, otro desierto. La obra no es el relato de un viaje, sino la novela del mismo. Y en esto radica, a nuestro juicio, su principal defecto: ser libro más de pierdetiempo que informador o instructivo, si bien se da ínfulas de serio y veraz.

Uno recuerda otra forma, muy distinta, de referir viajes; por ejemplo, en los libros correspondientes de Taine, de Gibbon, del presidente des Brosses, de Cristóbal de Villalón… Y hasta puede remontarse a los historiadores-viajeros de la Grecia clásica, y volver luego hacia nuestro tiempo, pasando por Roma, la edad media y los siglos posteriores. Huelga decir que raras son las personas que se han echado al coleto toda esa literatura, en la que sin duda hay infinidad de prejuicios, errores y falsedades; pero cualquier lector atento advertirá siempre en las narraciones que conozca, cómo tiene el viajero una especie de respeto a lo visto o escuchado, sean panoramas, edificios, instituciones, personas, sucesos o formas de vida. Y cuando hablamos de respeto no queremos decir otra cosa que el cuidado de reflejar lo más exactamente posible la realidad. De aquí nace el que cualquiera de estas obras proporcione datos en abundancia, datos verdaderos o inexactos, pero claros, nunca vaguedades, híbridos de los cuales nadie sabe si existen en el mundo o sólo en la mente de un escritor más o menos talentoso. Los románticos, con toda su peculiar inclinación a concebir la naturaleza como reflejo del alma, mantuvieron el equilibrio entre sus impresiones y la realidad, de manera que lo exótico no arrobase a los viajeros hasta el extremo de hacerles perder el discernimiento entre soñar y estar despiertos: no expresaron sus sentimientos de forma confusa y fragmentaria. De tal modo lograron, aunque pasados por el tamiz del yo percipiente, incluso cuadros de puro sabor costumbrista. Recuérdense, por ejemplo, ciertos pasajes de las Cartas desde mi celda, de Gustavo dolfo Bécquer. Unen los libros así escritos la certeza de las monografías con todas las galas de la imaginación, presentando las cosas con una fuerza que no tiene ni el dato escueto ni la novelería. El autor basta con que esté dotado de buen estilo, criterio agudo y amplios conocimientos.

A decir verdad, no afecta a todos los modernos el achaque ultrasubjetivo. No faltan historias como la del viaje de Keyserling al Lejano Oriente o de Andrés Gide a Rusia, donde le relator se esfuerza, y lo consigue, en ordenar la materia, clasificarla, precisarla, observar, reflexionar, no solamente retratarse a sí mismo o seguir sus veleidades. También hay que confesar que muchos antiguos emplean para sus descripciones estereotipos, y por consiguiente todas las ciudades resultan para ellos grandiosas, las tierras fértiles, los frutos sabrosos, amenos los valles, etc. Pero si notarlo es justo reproche a viajeros que llevan la objetividad hasta el extremo de ya no ver las cosas por sí mismos, sino sólo mediante los ojos consagrados de sus predecesores, también es de condenar el defecto contrario, que, parejos con el narcisismo y la fatuidad, aqueja a muchos de nuestros contempo-ráneos: escribir para no decir nada. Oraciones hechas de palabras que, más que significar, parecen sugerir torpe y toscamente.

¿Será que la prisa pervierte incluso a los mejores, condenándolos a abocetar una y otra vez, igual que un dibujante que apenas dispusiese de media hora para reproducir una catedral? Bocetos, débilmente coloreados de sensaciones; percal que se desteñirá pronto. Y al de prisa y corriendo súmase la pereza de consultar, cotejar, verificar. Entonces, ¡cuánto más fácil resulta sacarlo todo de la cabeza, como si fuera el autor un dios alumbrando la sabiduría! O ir fantaseando a partir de unas notas atropelladamente tomadas, creando y recreando lo vivido, mezclando recuerdos, vivencias antiguas y nuevas; escribir al tenor periodístico, en el peor sentido de la palabra, de modo superficial y precipitado, siendo no viajero el narrador, sino incurablemente turista, el que hace un tour, se da una vuelta por esta o aquella región, y hasta llega a dar la vuelta al mundo en ochenta días. Y cabe, por último, preguntarse si a alguien verdaderamente le interesa ese mundo subjetivo, batiburrillo de sonidos, colores y reminiscencias. Porque como estímulo para soñar y realizar los sueños es preferible un folleto publicitario, de abundantes ilustraciones y sobria explicación.


Nota

Terentius, Terencio, Terenci, Terence: degradación fonética, desde la sonoridad de la lengua madre hasta el semiladrido inglés.

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