Edición nº 23 Abril/Junio de 2013

Germana de Staël

Germana de Staël

por Mario soria

La baronesa de Staël-Holstein, objeto de esta breve reseña, es como un mundo en sí. En primer lugar, por su índole apasionada, a la que se juntan una vigorosa inteligencia, la curiosidad respecto de innumerables asuntos y una intuición que le permiten familiarizarse y penetrar asuntos abstrusos y complejas situaciones. Y en segundo lugar, por la época que le toca vivir, una de las más agitadas y preñadas de consecuencias que ha visto la historia. De 1766 a 1817 se extiende su vida, transcurriendo durante los años últimos de Luis XV, el régimen de Luis XVI, la revolución francesa, la caída de la monarquía, la instauración del terror, la guerra imperialista de los revolucionarios, la transformación del sistema jacobino en dictadura militar, el intento de someter toda Europa a la hegemonía de Napoleón, es decir, al dictado de nuestros vecinos ultrapirenaicos. Semillero tales trastornos y tales intentos de conflictos innumerables que terminan con la derrota del imperio bonapartista y la decadencia de Francia, país hasta entonces territorialmente el más fuerte del continente, desde la segunda mitad del siglo XVII.
En ese escenario violento y rebosante de actores notables, representa admirablemente su papel esta gran europea, como la llama uno de sus biógrafos.
Sin ánimo ni posibilidad de mencionar en detalle toda la obra de Ana Luisa Germana Necker, hija del banquero ginebrino Jacobo Necker, mujer del embajador sueco en Versalles, barón Eric Magno de Staël-Holstein, nos detendremos en uno de sus mayores méritos, si no a secas el mayor: su descubrimiento o poco menos de Alemania a los ojos franceses, y aun a los de toda Europa, conforme a una duradera influencia que enfurece a Heine veinte años después de aparecida De l’ Allemagne. Vivamente interesada en el país extendido al otro lado del Rin, había aprendido la dama el áspero y difícil idioma teutón, así como analizado la poesía, novela, teatro, religión, política, filosofía, costumbres de Alemania, poniendo el resultado de sus indagaciones negro sobre blanco. Se ha comparado su libro con la Germania de Tácito, por lo que ambos tienen de revelador y por su recámara doctrinal.
Porque en Alemania se da por entonces una constelación intelectual que ya se había realizado en otros países europeos: una especie de cúmulo de talentos, extraordinario. Así lo había visto Italia, desde mediados del siglo XIII hasta por lo menos la muerte de Bernini (1680) y de Guarini (1683). Igualmente Francia, durante el llamado “siglo de los santos”, principiando el mismo en los años de San Francisco de Sales y terminando con el fallecimiento de Fenelón, 1715. Y España, llenando esa plétora genial un período que empieza con los artistas árabes y cristianos, continúa hasta fenecer el siglo XV, sigue los dos centenios áureos, XVI y XVII, y aún perdura en el siguiente, con el esplendor de arquitectos y retablistas madrileños, granadinos, toledanos, gallegos, salmantinos, sevillanos, valencianos..., y de escultores geniales: Luis Salvador Carmona, Francisco Salzillo, Roque López y otros ( 1 ).
A su vez, Alemania, que había perdido dos terceras partes de su población, a causa de la guerra de los treinta años, y caído en una profunda decadencia cultural, puede contar apenas unos pocos nombres ilustres en la desdichada época del XVII: Boehme, Angel Silesio, Grimmelshausen, y donde todavía a fines de la centuria brilla solitario Leibnitz, uno de los mayores pensadores europeos. En ese país devastado, sólo a mediados del siglo XVIII se alza una serie de extraordinarias inteligencias: Hamann, Herder, Goethe, Kant, prolongándose el auge intelectual por lo menos hasta la muerte de Schelling (1854) y de Eichendorff (1857), si no más tarde, tiempo de Schopenhauer y Nietzsche. Así, llega Germana de Staël a llamar a Prusia y los países nórdicos colindantes, “patria del pensamiento”, como lo escribe en el prefacio de la obra que nos ocupa. De esa efervescencia genial es testigo y apologista la baronesa. Y si no menciona a Hegel en su libro, es porque en 1810 todavía no es tan famoso como pocos años después lo sería el autor de la Lógica y la Fenomenología del espíritu.
Naturalmente que en un escrito de esta índole (pensado y preparado ya desde 1800, y del que puede decirse -según Menéndez y Pelayo- que está en germen en el prefacio de Delfina, novela que había sacado a luz nuestra escritora en 1802) no cabe un minucioso estudio de los escritores analizados. Pero la baronesa ha sabido exprimir el jugo de cuanto examina: por ejemplo, de la abstrusa Crítica de la razón pura y de otras obras kantianas, si bien a veces comete desatinos garrafales, como cuando, en Berlín, le interpreta al desolado Fichte su doctrina del yo y el no-yo. También compara la literatura francesa con la germánica, lo cual la lleva a criticar ásperamente a Boileau por “sus preceptos de razón y cordura”, que han desembocado -dice acertadamente- en pedantería, castrando le sublime élan des arts. Y, además, a enfrentarse con Voltarie, del cual condena “su miserable y vanidosa irreligión”, censurando también su actitud, o la de sus seguidores, burlones del amor, el genio, el dolor, con una especie de maldad (méchanceté): Voltaire, “demonio”, “indiferente a la suerte” de los humanos, “mono” “contento de nuestros sufrimientos”. Todo, a propósito del delicioso Cándido. La actitud de Germana es poco menos la misma que la de Guillermo Schlegel, protegido suyo, acerbo crítico del siglo de Luis XIV y su literatura más notable. En cambio, advierte la escritora que cuando los franceses se dejan fecundar por “la savia extranjera”, es decir, alemana o inglesa, espléndido es el resultado, tal como lo demuestran Juan Jacobo Rousseau, Bernardino de Saint-Pierre y Chateaubriand.
Nace el libro Alemania de lecturas y reflexiones, pero también de peregrinar la escritora por las cortes y salones germanos más famosos de entonces: Weimar, Berlín, Viena, Fráncfort del Meno la ven con su vestido a veces un tanto llamativo y sus tocados un poco estrafalarios, interesándose por las personas distinguidas social o intelectualmente, conversar torrencialmente, perseguir a los escritores famosos reticentes, cometer por su franqueza indiscreciones, recibir la estima de los príncipes, captar el voto insincero de muchas mujeres, a las cuales no les gusta la impetuosa francesa, ni sus éxitos, ni cuanto se refiere de sus numerosos amantes.
Por otra parte, no se reducen los viajes de nuestra autora a la Alemania de entonces. Célebre por sus obras y por ser enemiga de Napoleón, su fama llega a Moscú y San Petersburgo, donde se festeja su presencia. La ilustre peregrina halaga personalmente al zar Alejandro, accesible, profundamente religioso y, sobre todo, adversario de Bonaparte. Mas, parece que el influjo de la señora de Staël es en especial decisivo en Suecia para inducir al mariscal Bernadotte, heredero del trono, a aliarse con Inglaterra y con Rusia contra París, después de la desastrosa retirada francesa de Moscú, 1812.
Las cuatro parte en que se divide De l’ Allemagne pretenden abarcar no sólo el presente de aquel país, sino también temas intemporales tales como su aspecto y las costumbres y carácter de la población. Habla, pues, la autora de cuanto le llama la atención en la Alemania meridional y la del norte, así como de lo más notable de Austria: universidades, instituciones particulares de educación y beneficencia, espíritu caballeresco superviviente y su lealtad aneja. Todo esto la conduce a determinar la índole y papel de las mujeres alemanas en su sociedad, de donde parece sugerirse cierta superioridad de ellas respecto de los varones en general, sacándose tal vez nuestra escritora la espina que había anotado en su novela Corina: NI siquiera el hombre más notable admite sin reparos la superioridad femenina. ¿Acaso se alude a Napoleón Bonaparte, que odia y teme a Germana por su influencia política y sus relaciones, parecidamente a como se guarda de otras féminas: por ejemplo, de Julieta Recamier y algunas damas que no se recatan de criticarlo en los salones parisienses? Porque la baronesa defiende más de una vez la idiosincrasia de su sexo, el derecho de la mujer a ser y actuar como tal, impugnando la situación femenina en Francia, donde la galantería y el libertinaje, a cambio de una libertad aparente, hacen en realidad de las mujeres juguetes tomados y dejados según el capricho masculino. Esta apología del sexo llamado débil asoma incluso en la defensa que lleva a cabo Germana de María Antonieta.
Además, se analizan en el libro literatura y bellas artes en general, filosofía, moral, religión, y termina la obra con dos hermosos capítulos sobre el entusiasmo, animador insubstituible del saber y la moral. El interés principal del libro se centra en los escritores más famosos de entonces, si bien resulte alguno omitido. Después de ocuparse de los autores anteriores a su época, pues da Germana una rápida ojeada a los literatos del siglo XVII, se detiene en los más brillantes de la centuria siguiente: Wieland, Klopstock, Lessing y Winckelmann, para pasar luego a aquellos de la generación siguiente que le parecen más notables y útiles para el propósito del tratado. Son éstos novelistas, poetas, dramaturgos, así como filósofos y teóricos de las bellas artes: Goethe, Schiller, Zacarías Werner, Novalis, los hermanos Schlegel, Federico y Augusto Guillermo, amén de Boehme, Kant, Schelling, Jacobi, Fichte, Schleiemacher. Algunos -acabamos de indicarlo- no son mencionados, como Juan Pablo Richter (Jean Paul, lo llaman afrancesadamente los alemanes), coincidente en pleno con la baronesa, al sostener que es la fantasía fuerza creadora del mundo poético y sustentadora suya, siendo la facultad estética por excelencia. Tampoco menciona Germana a otro señero humorista de la época: Ernesto Hoffmann, cuya musa suele morar en la frontera obscura entre conciencia e inconsciencia, familiarizada con las criaturas desconcer-tantes que brotan del subterráneo espiritual. Las alabanzas no ciegan a la señora Staël respecto de algunos aspectos literarios y filosóficos. Así, no deja de observar lo que le parece malsano o puede llevar en la vida real a imitaciones equivocadas, de
Los bandidos y Werther, no menos que a ciertas consecuencias perniciosas que surgirían de sistemas de pensamiento mal entendidos, caso de La crítica de la razón pura y de las teorías de Schelling. Lo mismo hay que decir de instituciones y costumbres, siempre enjuiciadas, a la par que alabadas.
Es la fantasía o imaginación creadora, no la razón, reina de toda esta reseña, crítica, divulgación o como quiera llamársela. La fantasía -decimos- no porque Germana cree cosas según un criterio más de ficción absurda que de belleza, ingenio y novedad. La fantasía de que hablamos es el impulso artístico por excelencia, ya que nuestra escritora tiene esa idiosincrasia que, mediante la imaginación, descubre cuanto oculta la realidad y trasciende a esta última: “La imaginación -dice- es la sacerdotisa de la naturaleza”. Y da totalmente en el clavo la baronesa, porque es la imaginación motor de todas las bellas artes. Ella aparece, por ejemplo, aparte de los literatos Hoffmann y Jean Paul, en el pintor italiano Arcimboldo, y en otros pintores como Mañasco, Goya, Túrner, Blake, John Martin, cada cual con su estilo y en su tiempo respectivo. Y aunque lejos cronológicamente de los mentados, pertenece a esta corriente la estética heteróclita de Rimbaud y el surrealismo.
Huelga decir que no es un cuadro completo, sistemático y exhaustivo este libro. Están ausentes de él Hölderlin, Kleist, Tieck, Joaquín von Arnim, que por la época bien podrían hallar acomodo en estas páginas. Al último y a su mujer, Isabel (Bettina) Brentano, los conoce Germana en Heidelberg; sin embargo, parece que el marido le llama la atención más como hombre hermoso que como notable compilador, junto con Clemente Brentano, su cuñado, de la poesía popular alemana.
Por otra parte, el interés de la autora se dirige mucho más a la literatura que a las artes plásticas, si bien conoce a Durero, Lucas Cranach y Holbein el Joven. Con todo, la comparación de este último con Leonardo de Vinci no parece de lo más certero.
La idea patrocinada, de proceder todo el arte moderno europeo del cristianismo, tal como lo había poco tiempo antes sostenido Chateaubriand, la lleva a Germana a discrepar de Winckelmann y Goethe, proclives a exaltar desmesuradamente al arte grecorromano, viendo en él el origen de toda intuición estética valiosa, incluida la de su tiempo, siglo XVIII. Al autor del Fausto, ultraclásico, lo irritan los elogios que en su revista Europa hace Federico Schlegel del Ticiano, Correggio, Altdorfer, Durero... Pero oponerse a semejante estrechez de juicio, indigna del genio de Weimar, viene de lejos: ya en la segunda mitad del siglo mentado, Jorge Forster se había deslumbrado contemplando la inacabada catedral de Colonia: sus columnas, arcos apuntados, bóvedas. Y Guillermo Heinse, en su revista Iris, había descrito, de 1776 al 77, los cuadros más notables que había entonces en Dússeldorf, de la edad de oro italiana: Rafael, Reni, Leonardo, etc. Y aunque no conociera nuestra francesa “La adoración del cordero místico”, de los hermanos Juan y Huberto van Eyck, ni “La batalla de Issos”, de Altdorfer, maravillas ambas del arte gótico tardío y protorrenacentista, ni otros lienzos o tablas de parecida calidad, avanza un poco más que los críticos citados, señalando la diferencia original entre la pintura italiana y la alemana. Idea que es también la del gran historiador Juan Bautista Janssens, maestro de Von Pastor, acerca del pincel germano anterior a la reforma protestante.
Pero la tesis más fructífera de toda esta corriente es un poco anterior al escrito de Germana, de fines de 1796, cuando se publican anónimas consideraciones sobre pintura italiana y alemana y sobre música, consideraciones que resultan ser de Guillermo Enrique Wackenroder, publicadas por Luis Tieck, íntimo amigo del autor y notable poeta él mismo. En tales páginas la doctrina del origen cristiano del arte occidental va más allá de lo que dirían después muchos de sus patrocinadores, pues se propugna un arte de fundamento religioso, que, al menos por lo que respeta a la pintura, florecerá años más tarde en el movimiento de los nazarenos. Con esta escuela de la Alemania romántica nace un concepto estético original, contemporáneo del prerrafaelismo inglés, pero a nuestro juicio mucho más hermoso que este último, creador de una pintura rígida, antinatural, cuando no cae la misma, yéndose al extremo opuesto, en el hiperrealismo o poco menos.
Advirtiendo, con todo, que la diversidad entre el clasicismo griego y romano y lo gótico o moderno no es ni mucho menos tan rígida como cabría suponer ateniéndonos a dicho criterio romántico. Porque el clasicismo no es el esquemático y sencillo de los relieves que adornan las porcelanas de Wedgwood, ni las figuritas de los juegos de té de la época. Baste recordar para probarlo el arte helenístico, donde se muestra el hombre acongojado por los cuidados propios de su desventurada condición, habiéndose además asomado a abismos estremecedores:
Spelunca alta fuit vastoque immanis hiatu (Virgilio).
El cristianismo extiende hasta lo infinito el universo, el pensamiento humano y a Dios; pero todo ello así dilatado no es ajeno a cierta perfección clásica, si se sabe observar.
Es de notar que en preferir el idealismo germano al ramplón materialismo que domina por entonces en Francia, no parece excepcional la hija de Necker. O por lo menos no parece raro comparar el uno con el otro, en desmedro de la cacareada sabiduría gala de la época. Esto había ya ocurrido con una dama poco resabida y más atenta a frivolidades, genealogías, visiteos y fiestas cortesanas que a la erudición y los estudios serios: la baronesa de Oberkirch, que, de recorrido por el París de Luis XVI, escucha una pretenciosa exposición metafísica de Condorcet, y no deja de notar las “pobres y débiles” tesis del disertador, comparándolas con “nuestros filósofos alemanes”. Por esta intuición filosófica, desechadora del racionalismo dieciochesco, pertenece Germana a un grupo de pensadores menos jaleados por la historia que los enciclopedistas y los idólatras del concepto vacío, pero que desconfían profundamente de los dislates de la razón pura, la llamada “ilustración”, y preparan un vigoroso reflujo de ideas, como se ve después de la caída de Bonaparte hasta aproximadamente 1848.
Nuestra escritora también exalta el papel de la imaginación en las ciencias naturales o, mejor dicho, el de aquella facultad junto con una teoría aneja. Porque la verdad científica -según Germana- nace de ambas, o sea, que en la investigación de la naturaleza sirven de guía, a la par de la experimentación, dos grandes principios: que el universo está formado según el modelo del alma humana, y que cada parte de aquél se refleja en el todo, y éste en cada parte. La verdad científica tiene substrato filosófico, y a la filosofía le corresponde en cierta manera descender al estudio de la naturaleza real. Y así se mencionan en el libro que nos ocupa los sabios estudiosos de la ciencia, igual que los metafísicos que animan a aquéllos con sus ideas: Baader, Goethe, Schelling, navegando en la corriente de este último cabezas notables, ya puramente científicas: Gotthilf Heinrich Schubert, Lorenzo Oken, Enrique Steffens..., naturalistas y médicos, alguno de los cuales acaba influyendo en la anatomía comparada de Cuvier. Y este concepto de la naturaleza viva (no “muerta”, como protesta Schelling) y el estudio omnicomprensivo de la misma, lejos de lo abstracto y parcial, reaparece en el siglo XX en la pluma de Simón Kraus y Luis Mumfrod, por ejemplo, siempre siguiendo al autor de Filosofía de la revelación.
No es, por lo tanto, de sorprender en el libro estaeliano la extensa mención de Novalis y el ya citado Schubert, y de algunas tesis del primero: las especulaciones acerca de los secretos y el simbolismo de la naturaleza, la facultad infantil de aprehender misterios vedados a los adultos, la necesidad de volver a la sencillez primitiva, pero en sentido muy distinto al de Rousseau y con un resultado científico, religioso y poético extraordinario ( 2 ). Porque en la época de la señora Stael se esboza en Alemania una teoría de las ciencias naturales opuesta al mecanicismo materialista de la “ilustración”. Y también en política y economía se desarrolla un sistema muy distinto del liberalismo triunfante con la revolución francesa. Así lo desenvuelve Adán Müller, cuyos discípulos son muy influyentes todavía en la mitad primera del siglo pasado, como el austríaco Othmar Spann, teórico del estado corporativo. Por su parte, Hegel con su Filosofía del derecho evita los peligros de la anarquía y el despotismo, recorriendo una vía media. Y en cuanto a la propia Germana, ya templado su entusiasmo ultraliberal y republicano del comienzo, termina siendo partidaria de un gobierno de clases superiores ilustradas, conforme se desprende de sus palabras a Antonio Alcalá Galiano: “En España os falta una aristocracia”.
Heine se burla de nuestra autora y algunas obras suyas se oponen explícitamente a De l’ Allemagne. Heine, coplero judío, a ratos poeta, jacobino, ateo, escenificador de “la muerte de Dios”, próximo a Marx, también se mofa o ataca ferozmente a casi todos los representantes del romanticismo germano ensalzados por la francesa, oponiéndoles cuanto el autor de Die romantische Schule, Deutschland. Ein Wintermärchen y escritos menores (de los cuales se ha bien señalado el conocimiento insuficiente de la literatura alemana) encuentra de su gusto en el terrorismo revolucionario de París. Heine, que no vuela ni por asomo tan alto como el padre de Poesía y verdad, pretende seguirlo, mas lo único que con sus críticas consigue es chapotear un poco en el barro y enmerdarse la ropa. El alma ya la tenía sucia.


Notas :

A este cúmulo de ingenios cabe aún añadir el de Flandes, iniciado en la segunda mitad del siglo XIV, en la Borgoña ducal, y mantenidos, no obstante las vicisitudes políticas y militares, hasta 1648, paz de Westfalia, e incluso más adelante. Después aparece la gran pintura holandesa, que también supone extraordinaria abundancia de inspirados artistas. Inequívoca es la teoría científica de Novalis: “El auténtico experimentador tiene que poseer en sí un obscuro sentimiento de la naturaleza, el cual, cuanto más perfectos sean sus fundamentos (
Anlagen), con mayor seguridad guía al investigador y con mayor certeza le deja hallar y determinar los fenómenos ocultos y decisivos” en Werke, pag. 452. Múnich, 1981.

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