Ediición nº 17- Ocubtre/Diciembre de 2011

Letra de mujer

por
Paco López Mengual


Pensaba que las notas de amor en papel habían desaparecido; que el móvil, los sms e Internet habían extinguido la tradición de dejar mensajes al amante en los lugares de encuentro. Pero no. Ahora sé que aún existen románticos en el mundo que conservan las viejas formas. El clavel en la solapa, su perfume en el pañuelo, la complicidad de unas palabras.
Hace unos meses, en un jardín de Granada, encontré un mensaje de amor entre las ramas de un ciprés. Fue a escasos metros de la Huerta de San Vicente, la casa de verano de los García Lorca. Me llamó la atención un papel blanco entre el ramaje. Estaba escrito a mano, con tinta azul y letra de mujer. Iba dirigido A Francisco. Una nota anónima y apresurada, como esbozada en un descuido; ocultándose, quizás, de los ojos de un marido indiferente o un padre que no permite la relación. Mi amor –decía el papel-, hoy tampoco podré venir. Una visita familiar. Perdóname. Estaba sin firmar, aunque no lo precisaba: él conocería el nombre, el color del cabello y hasta el sabor de los labios de su autora.
El ciprés se alzaba junto a un recóndito banco donde, supuse, se sentaban cada tarde los enamorados. Era hermoso: una misteriosa pareja que se busca y deja notas junto a la casa de Federico García Lorca, un poeta que cantaba a las pasiones imposibles, a los amores con final trágico. A los celos, las navajas y la muerte. Quién sabe si algunas tardes, la mujer llegaba con un libro del poeta entre las manos y, en voz alta, junto al árbol que servía de testigo mudo a su relación, leía poemas, mientras él la miraba con la carne abierta por la pasión.
A veces la visita a un lugar te regala un valor añadido. Esa mañana, fui uno de los últimos visitantes a la Huerta de San Vicente; detrás de mí, los empleados cerraron sus puertas. Quedé merodeando un rato por los alrededores, paseando entre los naranjos, contemplando el esplendor de las buganvillas y como la madreselva abrazaba todo aquello que encontraba a su paso. Me senté en el banco a mirar desde allí el muro encalado de la casa, las ventanas teñidas de verde carruaje y el balcón de la habitación de Federico, al que tantas veces se asomara para disfrutar de aquel despliegue de vida. Entonces la vi. La pequeña nota con letra de mujer era como una flor más de las muchas que se abrían en el entorno. Tras tenerla un rato entre las manos, leerla, sentirla -casi olerla- y adivinar la historia de amor que se ocultaba en el fondo de aquellas breves palabras, volví a colocarla con cuidado entre el ramaje.
Ahora me arrepiento de no haberlo hecho, pero me hubiese quedado allí, sentado bajo las parras, para descubrir como sería el final; para ver aparecer al tal Francisco y percibir la desesperación en su gesto al leer aquel mazazo: hoy tampoco; para saber si de nuevo la perdonaba, como suplicaba el final de la nota; o arrugaba el papel y lo dejaba caer al suelo, para que el viento lo empujara junto a las hojas secas hacia el rincón donde se amontonan los amores imposibles.





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